Ir al contenido principal

LA MASCULINIDAD SEGÚN TRUMP



Durante la campaña electoral, el New York Times dedicó varios artículos a reflexionar sobre qué modelo de masculinidad suponía el entonces candidato Donald Trump. Por ejemplo, Claire Cain Miller se preguntaba “¿Qué están aprendiendo nuestros hijos de Donald Trump?” (http://www.nytimes.com/2016/10/18/upshot/what-our-sons-are-learning-from-donald-trump.html?_r=1), Peggy Orestein describía “Cómo ser un hombre en la era de Trump” (http://www.nytimes.com/2016/10/16/opinion/sunday/how-to-be-a-man-in-the-age-of-trump.html?_r=1) o Susan Chira analizaba la visión del candidato sobre la masculinidad (http://www.nytimes.com/interactive/projects/cp/opinion/clinton-trump-second-debate-election-2016/donald-trumps-faulty-vision-of-manhood). Esta última periodista concluía que las elecciones del día 8 determinarían, entre otras muchas cuestiones, en qué versión de la masculinidad creemos o bien cuál elegimos para inventar el futuro. 

Vistos los resultados parece evidente qué modelo ha sido el triunfante y, por lo tanto, qué referente se está ofreciendo al planeta en cuanto a la subjetividad masculina y a los caracteres que pueden hacerla exitosa. Tal vez sería demasiado osado afirmar que todos los hombres llevamos un Trump dentro, como en su día pensé que todos los italianos llevaban en sus adentros  un Berlusconi, pero no creo que sea exagerado decir que casi todos los hombres seguimos respondiendo a unas determinadas expectativas de género que coinciden con las que llevadas a su extremo más caricaturesco representa el presidente electo norteamericano. Es decir, el sujeto depredador, competitivo, ambicioso, individualista, necesitado de demostrar su hombría exitosa ante sí mismo y ante sus pares, conquistador en lo económico y en lo sexual, hecho a sí mismo para elevarse hacia la verticalidad. Un sujeto que, en paralelo, tiende a cosificar a las mujeres, las convierte con frecuencia en meros objetos sexuales, las exhibe como logros  heroicos y, last but non least, las domestica en los espacios donde tradicionalmente ellas se ocupan de mantener el contrato que nos permite a nosotros actuar como la parte privilegiada del pacto.

El triunfo de Trump ha sido, entre otras muchas cosas, el de una subjetividad masculina que en la última década no deja de alimentarse de un rearme patriarcal y que es la perfecta aliada de un neoliberalismo que entiende que la ley de la selva es la que mejor puede regular las oportunidades de cada cual. Por lo tanto, nuestra sorpresa no debería haber sido tan mayúscula, porque junto a otros complejos factores  - la crisis de legitimidad del sistema,  la incapacidad de las fuerzas progresistas para construir proyectos ilusionantes, el miedo que nos hace  más vulnerables, la espectacularización de la vida política - , Trump es la representación más fiel, evidentemente llevada al extremo, del modelo androcéntrico que hoy por hoy sigue siendo hegemónico. Tal y como comprobamos cada día en las películas que se consumen masivamente en todo el mundo, en las imágenes que difunden los medios de comunicación o en las actitudes y valores que vemos cómo los y las adolescentes reproducen como si no hubiera otra alternativa. Es decir, Trump es la máxima y mejor expresión de estos tiempos de neoliberalismo sexual que con tanta precisión ha analizado Ana de Miguel en su último libro. Y nos equivocamos si creemos que es una rara avis, una excepción o una singularidad de un país que es capaz de lo mejor pero también de lo peor. El presidente electo norteamericano es la prueba más evidente de una enfermedad que corroe las democracias, todas las democracias, y que tiene uno de sus virus esenciales en la prórroga de un sistema sexo/género que provoca desigualdades brutales desde el punto de vista político, económico, social y cultural. Y ese sistema, que se traduce, insisto, en toda una serie de privilegios de los que gozamos mayoritariamente los hombres que formamos el stablishment del patriarcado, es el núcleo de todas las situaciones de vulnerabilidad que recorren el planeta, ya que la brecha de género es la que continúa dividiendo jerárquicamente la Humanidad en dos mitades.

Las periodistas del New York Times se preguntaban por el modelo que los niños americanos, y por supuesto las niñas en paralelo, estaban recibiendo a través de las actuaciones públicas de Trump. Las respuestas se han amplificado desde el momento en que dicho individuo ha arrasado en las urnas y se ha convertido en el presidente de la nación más poderosa del mundo, lo cual conlleva un mensaje perverso desde el punto de vista de la  prolongación de una masculinidad hegemónica que invisibiliza no solo las reivindicaciones de las mujeres feministas sino también las formas alternativas de ser hombre en pleno siglo XXI. Un triunfo que se ha visto alentado además por una mujer candidata que no ha sido precisamente a lo largo de su trayectoria un ejemplo de mujer feminista y rompedora con los débitos patriarcales, más bien al contrario, y que durante décadas ha sido cómplice de las peores expresiones que implica el ejercicio masculino y violento del poder. Algo que por ejemplo una mujer tan poco sospechosa de ser republicana como Susan Sarandon explicó con rotundidad durante la campaña electoral. 

Frente a este asedio a las bases mismas de la democracia, la respuesta no puede ser otra que más 
feminismo entendido desde la triple exigencia que plantea Nancy Fraser. Es decir, un feminismo que atienda a las cuestiones de identidad, de participación y de redistribución de bienes y recursos. O lo que es lo mismo, un feminismo que baje de las púlpitos elitistas y se conjugue en plural, que se nutra de lo socialmente diverso y que no olvide la intersección de discriminaciones que azotan  a las mujeres más vulnerables del planeta. Un reto que ha de ir de la mano de la deconstrucción de una masculinidad estilo Trump que solo nos puede llevar al fracaso como género humano.  Solo desde la suma de estos objetivos podremos inventar el futuro, y con él reinventar una izquierda que hoy por hoy se lo pone tan fácil a señores como el marido de Melania.

Publicado en THE HUFFINGTON POST, 10-11-2016:
http://www.huffingtonpost.es/octavio-salazar/la-masculinidad-segun-tru_b_12879822.html



Comentarios

Entradas populares de este blog

RAFAEL HERNANDO: EL HOMBRE QUE NO DEBERÍAMOS SER.

Siempre que en algunas jornadas se plantea el interrogante sobre lo que significan las “nuevas masculinidades” – un término que a mí al menos me genera el rechazo propio de las etiquetas que no transcienden lo políticamente correcto y que en este caso incluso pueden seguirle el juego al patriarcado -, me resulta muy complicado precisar en qué consiste ser un hombre “nuevo”. Resulta mucho más fácil, como en tantos otros debates complejos, especificar lo que en todo caso no debería formar parte de un nuevo entendimiento de la virilidad, despojada al fin de lastres machistas y dispuesta a transitar por senderos en los que sea posible la equivalencia de mujeres y hombres. En este sentido, resulta tremendamente didáctico usar referentes de la vida pública para señalar justamente lo que no debería ser un hombre del siglo XXI. Un territorio, el de la vida pública, que todavía hoy está  casi enteramente poblado por sujetos que visten cómodamente el traje de la “masculinidad hegemónica” y que …

CARTA DE MARÍA MAGDALENA, de José Saramago

De mí ha de decirse que tras la muerte de Jesús me arrepentí de lo que llamaban mis infames pecados de prostituta y me convertí en penitente hasta el final de la vida, y eso no es verdad. Me subieron desnuda a los altares, cubierta únicamente por el pelo que me llegaba hasta las rodillas, con los senos marchitos y la boca desdentada, y si es cierto que los años acabaron resecando la lisa tersura de mi piel, eso sucedió porque en este mundo nada prevalece contra el tiempo, no porque yo hubiera despreciado y ofendido el cuerpo que Jesús deseó y poseyó. Quien diga de mí esas falsedades no sabe nada de amor.  Dejé de ser prostituta el día que Jesús entró en mi casa trayendo una herida en el pie para que se la curase, pero de esas obras humanas que llaman pecados de lujuria no tendría que arrepentirme si como prostituta mi amado me conoció y, habiendo probado mi cuerpo y sabido de qué vivía, no me dio la espalda. Cuando, porque Jesús me besaba delante de todos los discípulos una y muchas ve…

CARTA A MI HIJO EN SU 15 CUMPLEAÑOS

De aquel día frío de noviembre recuerdo sobre todo las hojas amarillentas del gran árbol que daba justo a la ventana en la que por primera vez vi el sol  reflejándose en tus ojos muy abiertos.Siempre que paseo por allí miro hacia arriba y siento que justo en ese lugar, con esos colores de otoño, empezamos a escribir el guión que tú y yo seguimos empeñados en ver convertido en una gran película. Nunca nadie me advirtió de la dificultad de la aventura, ni por supuesto nadie me regaló un manual de instrucciones. Tuve que ir equivocándome una y otra vez, desde el primer biberón a la pequeña regañina por los deberes mal hechos, desde mi torpeza al peinar tu flequillo a mis dudas cuando no me reconozco como padre autoritario. Desde aquel 27 de noviembre, que siento tan cerca como el olor que desde aquel día impregnó toda nuestra casa, no he dejado de aprender, de escribir borradores y de romperlos luego en mil pedazos, de empezar de cero cada vez que la vida nos ponía frente a un nuevo desa…