Después de muchos meses deseando ver el último largometraje de Marina Seresesky, cuya pésima distribución hizo que se proyectara de manera fugaz en escasísimas salas de cine, y una vez rescatado en Filmin, confirmo que no podría haber tenido otra protagonista que Ana Belén. Y no solo por el juego de espejos que supone interpretar a Amparo Lamar, esa diva de otros tiempos que vuelve a un hotel en el que vivió algunos de los momentos más espectaculares de su vida, y con la que la propia trayectoria de la madrileña tiene tanto en común, incluso el doble nombre con el que van por el mundo,sino porque es evidente que el salto al vacío que propone Seresesky necesitaba una actriz curtida en mil batallas y en un momento vital en el que no le importara mostrarse con los estragos del tiempo y los senderos que las arrugas marcan por fuera y por dentro. Después de décadas injustamente alejada de la gran pantalla, pero en las que no ha dejado de curtirse en los escenarios, Ana Belén se lanza a la piscina, y no solo literalmente, y asume con total entrega el reto de encarnar, o sea, de dotar de cuerpo y alma, a una mujer vieja que, lejos del esplendor pasado, no encuentra sentido a vivir sin el reconocimiento del público y la luz de los focos. Un sinsentido que, cuando avance el metraje, comprobaremos que está condicionado por un horizonte brutal que amenaza el futuro inmediato de la vieja estrella. Los primeros planos de Ana/Amparo, su reflejo en espejos que tanto nos hablan de la realidad y la ficción, su fragilidad vestida con túnicas de colores o su temblor de labios y ojos nos abren la trastienda dolorosa de un personaje que transita por ese precipicio que supone sobrevivir entre el olvido de los otros y la propia pérdida de memoria. La víctima ideal de una sociedad edadista y de un mundo en el que, cuando dejas de ser un sujeto productivo y no cotizas en el mercado de los deseos, pantallas mediante, acabas condenado a un exilio obligatorio. Una condena que las mujeres continúan sufriendo en mayor medida que los hombres ya que a ellas el orden sexista les continúa exigiendo que sean fieles cumplidoras de la ley del agrado y de insoportables mandatos de belleza.
La propuesta de Seresky, que en muchos sentidos enlaza con una de sus mejores películas, Empieza el baile, acaba siendo fallida por culpa de un guion en el que pareciera que ha querido sumar demasiados factores, lo cual no necesariamente avala un mejor resultado del producto. La historia tiene muchos puntos débiles que el torrente interpretativo de una desgarradora y valiente Ana Belén no puede salvar, empezando por el desdibujado Toni que interpreta Manu Vega y que solo funciona, en parte, como contrapunto sobre el que se sostiene la dolorosa verdad de Amparo. Tampoco la inclusión de un grupo de migrantes que están refugiados en el mismo hotel que los protagonistas, y que por momentos podría haber jugado el papel de una suerte de coro clásico, se inserta con acierto en una historia en la que su creadora ha querido contar demasiadas cosas, lo cual en este caso no rema a favor de la historia principal. Si lo hace, sin embargo, y me ha parecido una de las mayores aciertos de la película, el espacio en el que se mueven los personajes: ese hotel decadente y semivacío, de singular arquitectura, que es otro personaje del relato y que es enfocado de manera soberbia con la intención, entiendo, de ser mucho más que un mero continente. Ese decorado, que en gran medida es cómo el mapa maltrecho en que se ha convertido la existencia de la Lamar, y en el que transitan unos turistas que más que personas parecen fantasmas en busca de autor, contribuye a que nos situemos en una atmósfera que duele y en la que se huele la soledad de quienes la habitan. Porque en muchos sentidos, Islas es también, desde su propio título, una película sobre las soledades y sobre los obstáculos que en este mundo narcisista encontramos para generar vínculos y cuidados. De ahí la sensación de fracaso y naufragio que detectamos incluso en los turistas que juegan al bingo y no digamos en ese cantante parado en el tiempo que nos genera tanta ternura y al que da vida con acierto un secundario siempre de lujo: Jorge Usón.
Es una pena que tantos elementos que sobre el papel podrían haber dado lugar a una obra más que notable, naufraguen por culpa de un guion cuyas piezas no acaban de rimar. En todo caso, el trabajo absolutamente entregado de Ana Belén, y en el que asume riesgos que pocas actrices estarían dispuestas a asumir con el estatus que ella tiene, como esos demoledores planos en los que incluso cuesta trabajo reconocerla o esos momentos en que nos muestra una inmensa vulnerabilidad con solo un gesto o una posición ante la cámara, justifica el visionado de una película que nos lanza varios dardos que van a dar en la diana de este siglo en el que, aunque aparentemente sintamos lo contrario, con frecuencia acabamos siendo como esos Amparo y Toni que están condenados a salvarse. Habitantes de un mundo que tanto se parece a ese hotel que hace décadas fue un paraíso. Menos mal que la que durante todo el metraje es una historia que nos sabe a decadencia y fracaso, acaba con un hermosísimo final en el que cobran vida unas certeras palabras de Gloria Fuertes. Ese plano último, con Ana/Amparo ya sin peluca, es una puerta a la esperanza y a la posibilidad de salvación que solo reside en ese ética de la inclinación hacia el otro y que supone conjugar en todos los tiempos posibles el verbo cuidar. Tal vez la vindicación que en la boca de Amparo Lamar tiene el eco de una frágil Blanche Dubois: “Siempre he dependido de la bondad de los extraños”.
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