Escribe Ece Temelkuran en su bellísimo y desgarrador libro La nación de los extraños, que “desde que se escribió La Odisea , solo el regreso otorga sentido al viaje. El camino se considera inútil a menos que vuelva al punto de partida. Odiseo es un extraño errante, un don nadie, hasta que es reconocido al volver a casa. Su historia solo puede contarse a posteriori , una vez ha vuelto a Ítaca, su isla. De lo contrario no habría habido constancia de ella: todo se habría perdido en la oscuridad, en ese territorio opaco donde habitan los extraños. Y la gravedad del relato perduró mientras las ciudades aguantaron en pie”. El problema, dice la escritora turca, es que ahora las ciudades se están derrumbando, que es fácil perder la fe en uno mismo y en los demás, que el hogar se convierte en un campo de batalla cuando los otros extraños dejan de estar en él. Recordé estas sentencias de Temelkuran cuando asumí que esa película grandilocuente, excesiva, bellísima por momen...
En las semanas de locura futbolera y de calor en femenino, la que ya no cabe en la fugacidad de las olas, he buscado refugio en narraciones que, desde la pantalla, me permiten seguir cuestionándome y cuestionar el mundo en el que vivimos. Una búsqueda cada vez más complicada en un mercado saturado de productos de usar y tirar, de fórmulas exitosas repetidas y de segundas y terceras temporadas que pretenden reclamar la atención de espectadores cautivos. Supongo que como os pasa a muchos, cada vez paso más tiempo recorriendo la oferta de plataformas sin encontrar una historia que me zarandee. Con frecuencia no me queda más remedio que revisitar clásicos o adentrarme en alguna rareza que solo a veces, muy pocas veces, se transforma en agradable sorpresa. Fue hace unos meses cuando mi querida y admirada Lola López-Mondéjar me puso sobre la pista de la serie DTF St. Louis . Me la recomendó con entusiasmo y le agradecí que no me adelantara ni un fragmento del relato. Al fin, e...