Hace ya algunos años, cuando yo me sentía todavía más un turista que un habitante de la ciudad en la que ahora resido, el mes de mayo representaba una apertura a lo colectivo, a una singular enredadera de memoria y fiestas que rompía con el silencio de la Córdoba lejana y sola. Las flores tomaban las cruces y las plazas, las casas abrían sus puertas para hacer de sus patios una arquitectura de lo común y la feria, al fin la feria, se convertía, sin etiquetas ni pases privados, en una celebración de la alegría de vivir. Una feria que cuando yo la conocí todavía no se había trasladado a las afueras, como tampoco la muerte se había expulsado a los tanatorios o las compras a centros comerciales en los que fuimos olvidando la socialización de esas tiendas en las que las palabras tenían más valor que los productos. La Córdoba que yo conocí cuando era un estudiante de Derecho ha ido desapareciendo con una velocidad de vértigo, me imagino que de la misma manera que les ha ocur...
Hay películas en las que una sola escena define y encierra to do su arco narrativo, como si fuera una suerte de epílogo en el que su creador o creadora nos dice una última palabra (a veces en silencio) con la que cierra un itinerario emocional. Algo así pasa en la primera y deslumbrante película de Marta Matute, en la que su última escena, y no hago espóiler, resume a la perfección el microcosmos en el que se ha desenvuelto la historia, pero también los cuerpos y las almas de sus protagonistas. El cola cao apenas probado, el cigarrillo encendido, las sillas vacías, una cocina en la que se dijeron e hicieron tantas cosas: el espacio por definición de los vínculos, de los guisos a fuego lento, de los titubeos y de las conversaciones en voz baja, ese lugar al que parecen conducir todos los pasillos. En ese momento todo parece suceder afuera, aunque la verdad es que el corazón de los personajes está en esa mesa testigo, en el frigorífico donde se colgaban las tareas repartidas de cuidado, ...