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LA GRAZIA. Elogio de la ligereza.

  Pocos cineastas como Sorrentino consiguen en la actualidad que sus películas sean estéticamente deslumbrantes y, al mismo tiempo, parezcan construidas sobre cientos de capas, esas que el espectador, como si convirtiera en un arqueólogo, ha de ir descubriendo con la cabeza llena de interrogantes. Pocos además como él han sabido asumir la mejor herencia de la cinematografía italiana y traducirla en un lenguaje propio, ya inconfundible, mediante el cual es capaz de diseccionar con bisturí preciso el alma de un país, el suyo que es también un poco el mío, en el que la historia, el arte y los dioses atraviesan los cuerpos y configuran un espacio, que es también temporal, en el que pareciera habitar todo lo mejor pero también todo lo peor. Ahí está  La gran belleza  como máxima expresión de ese retrato siempre inacabado de todo un mundo. De ahí el delito que debería suponer ver sus películas dobladas. Mucho más acertado en sus obras más estrictamente políticas –  Il divo...
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ALTAS CAPACIDADES: la igualdad de oportunidades era esto.

  “No hay mayor dominio que aquel en el que el esclavo no sabe que lo es” Josep María Esquirol, La escuela del alma     Son muchas las razones que nos explican el estado de desánimo y frustración de unas jóvenes generaciones que son conscientes de que van a vivir peor que sus progenitores y que han empezado a descubrir la ficticio de unas promesas que están lejos de cumplir sus expectativas de bienestar y no digamos de felicidad. Todo ello mientras que, en paralelo, el orden liberal y los espacios digitales confluyen en ofrecernos como espejo un “optimismo cruel” que no es otro que el que deriva de entender que todo puede ser objeto de mercadeo, incluidos nuestros cuerpos y nuestros deseos, y que por tanto el triunfo individual tiene mucho que ver con nuestra capacidad para saber movernos en medio de la selva. Frente a estas potencias, los horizontes democráticos se diluyen en una galopante crisis de confianza y las herramientas que pensamos como equilibradoras de oportun...

AMARGA NAVIDAD: el genio doliente y sus dolorosas ficticias

En una jugosa conversación con la cineasta Pilar Monsell que tuvo lugar el pasado sábado en el patio del cordobés Luciana Centeno, la escritora Belén Gopegui apuntó que todo creador debería tener dos cualidades. La primera de ellas sería la firmeza para mantener su visión del mundo y también, al mismo tiempo, para resistir y asumir las miradas contrarias. La segunda sería su capacidad y habilidad para estar inserto en una comunidad. Pensé mucho en las palabras de Gopegui cuando esa misma tarde salí de ver la  Amarga Navidad  de Pedro Almodóvar. Dudé con respecto a la primera de las exigencias, porque el manchego, si bien tiene potencia más que suficiente para mantener su universo, no sé si asume con inteligencia que haya quien no lo considere un dios. Con respecto a la segunda, y mucho más tras ver su último largometraje, no tengo ninguna duda. El director de  Volver  hace tiempo que perdió la conexión con la realidad, hasta el punto de que parece estar atrapado en u...

PILLION: la ley del deseo

  Hay muchas cosas en   Pillion   que incomodan, que te zarandean y que te llevan a territorios en los que te acabas enfrentando a muchos de esos dilemas y zozobras que con frecuencia esquivamos. Se agradece que tras una reincidencia en esquemas tópicos y estereotipados -valga como ejemplo la sobrevaloradísima serie   Más que rivales , que a mí me ha parecido viejuna y tóxicamente normativa-, nos encontremos en la pantalla una relación entre dos hombres que se sale de los lugares comunes y que nos plantea interrogantes que van mucho más allá de las opciones sexuales. Porque, en el fondo, lo que nos plantea     Harry Lighton en su primera película es hasta qué punto los deseos, y por tanto también la sexualidad, se mueven siempre entre el placer y el peligro. O, lo que es lo mismo, hasta qué punto la ley del deseo es su incapacidad de ser sometido a la ley. Un debate que en estos tiempos punitivistas, y con frecuencias moralizantes, casi nunca nos planteamos...

COMPRAR FLORES

  Siempre me han gustado las flores. A veces sueño que mi infancia estuvo llena de ellas. Las que crecían mimadas en las macetas cuidadas por mi abuela Rita o las que yo descubría, sin saber su nombre, en el campo donde pasaba unos veranos eternos. Durante muchos años no entendí por qué a mí nadie me las regalaba. Yo siempre he comprado flores para mis amores y, por supuesto, también las he ofrecido a hombres a los que he querido. Nunca entendí porque entre amigos no era normal que nos regalásemos un ramo con motivo de un cumpleaños o de cualquier otra celebración. Como en muchas otras cosas, percibía que las mujeres eran mucho más libres y disfrutonas que nosotros a la hora de comunicarse y expresar afectos.  Desde muy jovencito empecé a rebelarme contra esos mandatos que me obligaban a ser una especie de estreñido emocional y que me marcaban límites que no debía sobrepasar, siempre atento a una policía de género que me vigilaba para que no me convirtiera en un mariconazo. ...

A BETTER MAN: los malestares y los "molestares" masculinos

Una de las grietas más profundas que atraviesan los cuerpos, en un sentido individual pero también colectivo, en este siglo de miedos e incertidumbres es la relacionada con el estado de desconcierto de un número significativo de hombres que, como mínimo, andan desubicados ante una realidad que les muestra que su traje tradicional se les ha quedado demasiado estrecho. Si a ello unimos factores socio-económicos que se ceban en quienes tienen lógicamente muchas dificultades para leerse como parte de una masculinidad hegemónica, el resultado es, como ya estamos sufriendo, un caldo de cultivo idóneo para que prosperen las comunidades reactivas y los discursos que sacan partido a unos malestares que, en el mejor de los casos, interpretamos en clave patológica e individualista. El gran error de la izquierda ha sido dejar que esas fracturas estén siendo ocupadas por quienes prometen la fácil respuesta de un orden conservador, sin que hayamos sido capaces de promover alternativas emancipadoras ...

EL AGENTE SECRETO: de fascismos, memoria y tiburones.

Hay películas que tienen capas y capas, como si sus creadores hubieran querido acumular perspectivas y detalles, apuntes y a veces divagaciones, sobre una historia que tal vez les habría resultado muy difícil contar de manera más simple y lineal. En esos casos, la diferencia entre un buen y un mal largometraje reside en la pericia con la que en la pantalla vemos desenvolverse la red de personajes y acciones, así como en la forma en cómo el espectador es interpelado. En este sentido, son abundantes, sobre todo en el cine más actual, las producciones que nos convierten en menores de edad manipulables emocionalmente, mientras que son más raras aquéllas que nos exigen una mirada entre interrogantes.   El agente secreto,  frente a la que la española   Sirat   es una clara perdedora en la carrera hacia el Oscar, responde a ese segundo tipo de películas que muy de vez en cuando me reconcilian con una pantalla grande frente a la que me siento inquieto, perturbado y, al fin, ...