Hay películas en las que una sola escena define y encierra to do su arco narrativo, como si fuera una suerte de epílogo en el que su creador o creadora nos dice una última palabra (a veces en silencio) con la que cierra un itinerario emocional. Algo así pasa en la primera y deslumbrante película de Marta Matute, en la que su última escena, y no hago espóiler, resume a la perfección el microcosmos en el que se ha desenvuelto la historia, pero también los cuerpos y las almas de sus protagonistas. El cola cao apenas probado, el cigarrillo encendido, las sillas vacías, una cocina en la que se dijeron e hicieron tantas cosas: el espacio por definición de los vínculos, de los guisos a fuego lento, de los titubeos y de las conversaciones en voz baja, ese lugar al que parecen conducir todos los pasillos. En ese momento todo parece suceder afuera, aunque la verdad es que el corazón de los personajes está en esa mesa testigo, en el frigorífico donde se colgaban las tareas repartidas de cuidado, ...
A estas alturas del siglo XXI, y pese a todos los espacios de autonomía que las mujeres han ido conquistando con relación a sus cuerpos y a sus deseos, la sexualidad continúa siendo uno de esos territorios más resistentes a una transformación feminista o, dicho de otra manera, es uno de esos espacios en los que se sigue evidenciando quiénes durante siglos dictamos las reglas y de qué manera el silencio de las mujeres, en todos los sentidos, ha sido uno de los pilares del patriarcado. Sexismo y edadismo, a los que podríamos añadir también un capacitismo que excluye sujetos y cuerpos que no responden al canon productivo y deseable, continúan siendo firmes aliados en un mundo sostenido por las reglas de un mercado en el que ahora parece imponerse, en palabras de Andrea García-Santesmases Fernández, un “nuevo contrato sexual”, en el que más que transformar lo normativo no estamos sino reproduciendo las claves depredadoras y masculinizadas que, me temo, no conducen a ninguna liberación ...