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Entradas

EL SONIDO DE LA CAÍDA: lo siniestro intergeneracional.

     Hay películas que te sacuden, que te zarandean colocándote en una posición incómoda. Son aquellas que exigen al espectador un singular compromiso de ser parte activa de la historia, de no conformarse con estar en la butaca mirando la pantalla sino que, de alguna manera, lo que sucede en ella te va perforando, lentamente, con las agujas sutiles y silenciosas que saben hilvanar miedos y emociones, lo cual hace que te remuevas en el asiento casi presa del desasosiego. Casi veinticuatro horas después de haber visto  El sonido de la caída , continúo recorriendo mi cuerpo en busca incluso de señales físicas que me hablen de las historias que la película de la alemana Mascha Schilinski nos cuenta. A través de unas imágenes deslumbrantes, en las que se confirma una vez que la frontera mínima entre el cine y la poesía habita en la mirada de quien rueda, asistimos al relato de cuatro generaciones de mujeres que habitan un mismo espacio – una granja del norte de Alema...
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Mi hijo, LUX y Rosalía: historia de una rendición.

Llega un momento de la vida en que los hijos te abren sendas que amplían tu mundo. Es entonces cuando confirmas que la paternidad acaba siendo un viaje de ida y vuelta, más gozoso cuando es tu descendiente el que te regala cuadernos por escribir. Justo ahí es cuando vuelves a ser aprendiz desde otro lugar, en una de esas vueltas de tuerca con que los días nos sorprenden. Pocas cosas más disfrutonas como que sea tu hijo el que te descubra una película, una ciudad o una artista, en un proceso en el que sientes que la rueda del tiempo, imaginariamente, te lleva hacia ese momento adolescente en el que todo estaba por aprender. Debo confesar que yo nunca había sentido especial interés por las artes de Rosalía, más allá de lo que me había impactado ver alguna de sus actuaciones, de lo que me había sobrecogido algún tema de “El mal querer” o de lo que me había llamado la atención cómo en tan poco tiempo ha dado tantos giros en su carr...

EL SILENCIO NO NOS PROTEGE

EN ESTE SIGLO de bar­ba­rie, de cri­sis y de incer­ti­dum­bres que hacen que crez­can nues­tros mie­dos y nos con­vir­ta­mos en presa fácil de sal­va­do­res, nece­si­ta­mos más que nunca ser cons­cien­tes, como mínimo ser cons­cien­tes, de quié­nes lide­ran el mundo y de qué tipo de poder ejer­cen. En unos momen­tos en los que ade­más no deja de cues­tio­narse el valor del femi­nismo y todo lo que con­lleva de cues­tio­na­miento crí­tico de un modelo hege­mó­nico de mas­cu­li­ni­dad, es urgente que pon­ga­mos las luces lar­gas y enfo­que­mos una rea­li­dad que nos atra­viesa a todas y a todos. Una rea­li­dad que de manera dra­má­tica nos habla de las con­se­cuen­cias injus­tas que genera enten­der el poder como un esta­tus que des­pre­cia lo común y que engorda el ego de suje­tos nar­ci­sis­tas, varo­nes todos, que pare­cen estar par­ti­ci­pando en ese eterno duelo que implica para ellos demos­trar ante el pla­neta quién la tiene más grande. Es un pulso de efec­tos difí­ci­les de pre­v...

LA GRAZIA. Elogio de la ligereza.

  Pocos cineastas como Sorrentino consiguen en la actualidad que sus películas sean estéticamente deslumbrantes y, al mismo tiempo, parezcan construidas sobre cientos de capas, esas que el espectador, como si convirtiera en un arqueólogo, ha de ir descubriendo con la cabeza llena de interrogantes. Pocos además como él han sabido asumir la mejor herencia de la cinematografía italiana y traducirla en un lenguaje propio, ya inconfundible, mediante el cual es capaz de diseccionar con bisturí preciso el alma de un país, el suyo que es también un poco el mío, en el que la historia, el arte y los dioses atraviesan los cuerpos y configuran un espacio, que es también temporal, en el que pareciera habitar todo lo mejor pero también todo lo peor. Ahí está  La gran belleza  como máxima expresión de ese retrato siempre inacabado de todo un mundo. De ahí el delito que debería suponer ver sus películas dobladas. Mucho más acertado en sus obras más estrictamente políticas –  Il divo...

ALTAS CAPACIDADES: la igualdad de oportunidades era esto.

  “No hay mayor dominio que aquel en el que el esclavo no sabe que lo es” Josep María Esquirol, La escuela del alma     Son muchas las razones que nos explican el estado de desánimo y frustración de unas jóvenes generaciones que son conscientes de que van a vivir peor que sus progenitores y que han empezado a descubrir la ficticio de unas promesas que están lejos de cumplir sus expectativas de bienestar y no digamos de felicidad. Todo ello mientras que, en paralelo, el orden liberal y los espacios digitales confluyen en ofrecernos como espejo un “optimismo cruel” que no es otro que el que deriva de entender que todo puede ser objeto de mercadeo, incluidos nuestros cuerpos y nuestros deseos, y que por tanto el triunfo individual tiene mucho que ver con nuestra capacidad para saber movernos en medio de la selva. Frente a estas potencias, los horizontes democráticos se diluyen en una galopante crisis de confianza y las herramientas que pensamos como equilibradoras de oportun...

AMARGA NAVIDAD: el genio doliente y sus dolorosas ficticias

En una jugosa conversación con la cineasta Pilar Monsell que tuvo lugar el pasado sábado en el patio del cordobés Luciana Centeno, la escritora Belén Gopegui apuntó que todo creador debería tener dos cualidades. La primera de ellas sería la firmeza para mantener su visión del mundo y también, al mismo tiempo, para resistir y asumir las miradas contrarias. La segunda sería su capacidad y habilidad para estar inserto en una comunidad. Pensé mucho en las palabras de Gopegui cuando esa misma tarde salí de ver la  Amarga Navidad  de Pedro Almodóvar. Dudé con respecto a la primera de las exigencias, porque el manchego, si bien tiene potencia más que suficiente para mantener su universo, no sé si asume con inteligencia que haya quien no lo considere un dios. Con respecto a la segunda, y mucho más tras ver su último largometraje, no tengo ninguna duda. El director de  Volver  hace tiempo que perdió la conexión con la realidad, hasta el punto de que parece estar atrapado en u...

PILLION: la ley del deseo

  Hay muchas cosas en   Pillion   que incomodan, que te zarandean y que te llevan a territorios en los que te acabas enfrentando a muchos de esos dilemas y zozobras que con frecuencia esquivamos. Se agradece que tras una reincidencia en esquemas tópicos y estereotipados -valga como ejemplo la sobrevaloradísima serie   Más que rivales , que a mí me ha parecido viejuna y tóxicamente normativa-, nos encontremos en la pantalla una relación entre dos hombres que se sale de los lugares comunes y que nos plantea interrogantes que van mucho más allá de las opciones sexuales. Porque, en el fondo, lo que nos plantea     Harry Lighton en su primera película es hasta qué punto los deseos, y por tanto también la sexualidad, se mueven siempre entre el placer y el peligro. O, lo que es lo mismo, hasta qué punto la ley del deseo es su incapacidad de ser sometido a la ley. Un debate que en estos tiempos punitivistas, y con frecuencias moralizantes, casi nunca nos planteamos...