En una jugosa conversación con la cineasta Pilar Monsell que tuvo lugar el pasado sábado en el patio del cordobés Luciana Centeno, la escritora Belén Gopegui apuntó que todo creador debería tener dos cualidades. La primera de ellas sería la firmeza para mantener su visión del mundo y también, al mismo tiempo, para resistir y asumir las miradas contrarias. La segunda sería su capacidad y habilidad para estar inserto en una comunidad. Pensé mucho en las palabras de Gopegui cuando esa misma tarde salí de ver la Amarga Navidad de Pedro Almodóvar. Dudé con respecto a la primera de las exigencias, porque el manchego, si bien tiene potencia más que suficiente para mantener su universo, no sé si asume con inteligencia que haya quien no lo considere un dios. Con respecto a la segunda, y mucho más tras ver su último largometraje, no tengo ninguna duda. El director de Volver hace tiempo que perdió la conexión con la realidad, hasta el punto de que parece estar atrapado en u...
Hay muchas cosas en Pillion que incomodan, que te zarandean y que te llevan a territorios en los que te acabas enfrentando a muchos de esos dilemas y zozobras que con frecuencia esquivamos. Se agradece que tras una reincidencia en esquemas tópicos y estereotipados -valga como ejemplo la sobrevaloradísima serie Más que rivales , que a mí me ha parecido viejuna y tóxicamente normativa-, nos encontremos en la pantalla una relación entre dos hombres que se sale de los lugares comunes y que nos plantea interrogantes que van mucho más allá de las opciones sexuales. Porque, en el fondo, lo que nos plantea Harry Lighton en su primera película es hasta qué punto los deseos, y por tanto también la sexualidad, se mueven siempre entre el placer y el peligro. O, lo que es lo mismo, hasta qué punto la ley del deseo es su incapacidad de ser sometido a la ley. Un debate que en estos tiempos punitivistas, y con frecuencias moralizantes, casi nunca nos planteamos...