Hay muchas cosas en Pillion que incomodan, que te zarandean y que te llevan a territorios en los que te acabas enfrentando a muchos de esos dilemas y zozobras que con frecuencia esquivamos. Se agradece que tras una reincidencia en esquemas tópicos y estereotipados -valga como ejemplo la sobrevaloradísima serie Más que rivales , que a mí me ha parecido viejuna y tóxicamente normativa-, nos encontremos en la pantalla una relación entre dos hombres que se sale de los lugares comunes y que nos plantea interrogantes que van mucho más allá de las opciones sexuales. Porque, en el fondo, lo que nos plantea Harry Lighton en su primera película es hasta qué punto los deseos, y por tanto también la sexualidad, se mueven siempre entre el placer y el peligro. O, lo que es lo mismo, hasta qué punto la ley del deseo es su incapacidad de ser sometido a la ley. Un debate que en estos tiempos punitivistas, y con frecuencias moralizantes, casi nunca nos planteamos...
Siempre me han gustado las flores. A veces sueño que mi infancia estuvo llena de ellas. Las que crecían mimadas en las macetas cuidadas por mi abuela Rita o las que yo descubría, sin saber su nombre, en el campo donde pasaba unos veranos eternos. Durante muchos años no entendí por qué a mí nadie me las regalaba. Yo siempre he comprado flores para mis amores y, por supuesto, también las he ofrecido a hombres a los que he querido. Nunca entendí porque entre amigos no era normal que nos regalásemos un ramo con motivo de un cumpleaños o de cualquier otra celebración. Como en muchas otras cosas, percibía que las mujeres eran mucho más libres y disfrutonas que nosotros a la hora de comunicarse y expresar afectos. Desde muy jovencito empecé a rebelarme contra esos mandatos que me obligaban a ser una especie de estreñido emocional y que me marcaban límites que no debía sobrepasar, siempre atento a una policía de género que me vigilaba para que no me convirtiera en un mariconazo. ...