Siempre que llega el mes de junio y compruebo que el Día del Orgullo, como lleva sucediendo desde hace algunos años, tiene más de celebración que de vindicación, pienso en cómo nuestra falta de memoria es parte esencial en la desactivación política de unos colectivos que parecen no haber aprendido todavía que las conquistas de derechos nunca son definitivas. Que los derechos humanos no son sino procesos de lucha por la dignidad que, en cualquier momento, pueden verse estancados o incluso sufrir una regresión, como bien nos demuestra la historia. Pareciera que nos hubiéramos conformado con una igualdad formal y con, en definitiva, asumir los patrones de comportamiento y las referencias de lo exitoso que una sociedad, todavía profundamente heteropatriarcal, nos vende como promesas de felicidad. Un contexto en el que fácilmente olvidamos cómo inciden en las vidas reales de las personas los condicionantes de clase, las comunidades culturales de pertenencia o las precarias expectativa...
En una época en la que se ha hecho tan frecuente hablar de vulnerabilidad, me temo que tal vez para esquivar la potencia política de términos como subordinación o desigualdad, pareciera sin embargo que el frenesí de los discursos y la aceleración comunicativa nos impidieran darnos cuenta de que todas y todos somos seres corpóreos y, por tanto, crepusculares, inacabados, siempre en tránsito. De ahí que todos los procesos de exclusión social atraviesen justamente los cuerpos y se traduzcan en heridas que, desde lo físico y lo emocional, acaban teniendo la radicalidad propia de lo político. Quizás ante la furia de las identidades trinchera hemos ido prescindiendo, o como mínimo situando en un lugar secundario, la experiencia brutal que supone saberse un sujeto con las alas más cortas o, dicho de otra manera, con la dignidad en entredicho. Una realidad que, por cierto, deberíamos tener presente ante un próximo 28 de junio que no debería olvidar que tanto la vindicación como la celebr...