Hay películas que te sacuden, que te zarandean colocándote en una posición incómoda. Son aquellas que exigen al espectador un singular compromiso de ser parte activa de la historia, de no conformarse con estar en la butaca mirando la pantalla sino que, de alguna manera, lo que sucede en ella te va perforando, lentamente, con las agujas sutiles y silenciosas que saben hilvanar miedos y emociones, lo cual hace que te remuevas en el asiento casi presa del desasosiego. Casi veinticuatro horas después de haber visto El sonido de la caída , continúo recorriendo mi cuerpo en busca incluso de señales físicas que me hablen de las historias que la película de la alemana Mascha Schilinski nos cuenta. A través de unas imágenes deslumbrantes, en las que se confirma una vez que la frontera mínima entre el cine y la poesía habita en la mirada de quien rueda, asistimos al relato de cuatro generaciones de mujeres que habitan un mismo espacio – una granja del norte de Alema...
Llega un momento de la vida en que los hijos te abren sendas que amplían tu mundo. Es entonces cuando confirmas que la paternidad acaba siendo un viaje de ida y vuelta, más gozoso cuando es tu descendiente el que te regala cuadernos por escribir. Justo ahí es cuando vuelves a ser aprendiz desde otro lugar, en una de esas vueltas de tuerca con que los días nos sorprenden. Pocas cosas más disfrutonas como que sea tu hijo el que te descubra una película, una ciudad o una artista, en un proceso en el que sientes que la rueda del tiempo, imaginariamente, te lleva hacia ese momento adolescente en el que todo estaba por aprender. Debo confesar que yo nunca había sentido especial interés por las artes de Rosalía, más allá de lo que me había impactado ver alguna de sus actuaciones, de lo que me había sobrecogido algún tema de “El mal querer” o de lo que me había llamado la atención cómo en tan poco tiempo ha dado tantos giros en su carr...