Hace aproximadamente ocho años, y tomándole prestado un verso a Andrés Neuman - “ no concluirá la luna su mudanza, mientras que el sol no modifique sus costumbres ”- iniciaba mis colaboraciones en esta revista que, mes a mes, han sido para mí una especie de diario en el que he ido compartiendo todo aquello que bullía en la cabeza y en el corazón del hombre inquieto y disidente que soy. En construcción, siempre en construcción. Lo he hecho además en un período en el que nos hemos visto zarandeados por crisis de todo tipo, incluida una pandemia global, y en el que hemos asistido a un cambio de década caracterizado por los miedos, la incertidumbre y las lógicas reactivas. Han sido también los años de expansión de los feminismos y de apertura de debates en torno al sexo/género inimaginables no hace tanto. Una evolución que ha llevado a muchos hombres a dejarse llevar por el resentimiento y a buscar acogida en comunidades virtuales, al tiempo que la extrema derecha, cada vez má...
Hace unos días, la periodista y escritora Ángeles Caballero manifestaba en el Hoy por hoy de la Cadena Ser que “está a favor de los hombres que lloran y de los hombres que lloran en público”. Lo sentenció al hilo de una supuesta hazaña de Djokovic que, al parecer, se había pasado en una competición reciente más de cuatro horas jugando entre vómitos y lágrimas, lo cual fue calificado por algunos medios como un “patinazo”. No he dejado de darle vueltas a la afirmación de Caballero, la cual me remite a un estribillo muy repetido en los últimos años y que insiste en una suerte de revolución masculina consistente en contradecir el clásico “los hombres no lloran”. Un mandato que, por cierto, siempre fue traicionado en el ámbito deportivo, en el que ha sido habitual que los hombres lloren, expresen emociones y hasta compartan afectos de manera física, en una expansión liberadora frente al constreñimiento de una masculinidad que siempre nos exigió estar erectos y no mostrar ni un ...