Hay películas que tienen capas y capas, como si sus creadores hubieran querido acumular perspectivas y detalles, apuntes y a veces divagaciones, sobre una historia que tal vez les habría resultado muy difícil contar de manera más simple y lineal. En esos casos, la diferencia entre un buen y un mal largometraje reside en la pericia con la que en la pantalla vemos desenvolverse la red de personajes y acciones, así como en la forma en cómo el espectador es interpelado. En este sentido, son abundantes, sobre todo en el cine más actual, las producciones que nos convierten en menores de edad manipulables emocionalmente, mientras que son más raras aquéllas que nos exigen una mirada entre interrogantes. El agente secreto, frente a la que la española Sirat es una clara perdedora en la carrera hacia el Oscar, responde a ese segundo tipo de películas que muy de vez en cuando me reconcilian con una pantalla grande frente a la que me siento inquieto, perturbado y, al fin, ...
Un proceso judicial tiene mucho de representación teatral y viceversa. Con frecuencia, una obra de teatro nos presenta un dilema moral sobre el que vemos debatir distintas posiciones sobre el escenario hasta llegar a un final en el que se dicta sentencia, es decir, esa verdad imperfecta y a menudo ambigua que nos reconcilia con la naturaleza humana. Hay mucho de esa búsqueda, que es también, claro, emocional, en la obra Camino a la Meca , en la que su autor, Athol Fugard, parte de un personaje real: la artista Helen Martis, escultora sudafricana que llenó el jardín de su casa con estatuas a través de la que expresaba su ansias de autonomía. Todo ello en una aldea sudafricana de una región semidesértica, en 1974, en un momento en el que está germinando la contestación al apartheid. La visita que Helen recibe de una amiga con la que siempre mantuvo una relación de estrecha complicidad, Elsa, es el detonante de un “proceso” en el que se acabará juzgando, en defi...