No recuerdo exactamente cuándo y dónde conocí a Mabel Lozano. No sé si coincidimos en uno de esos imprescindibles cursos que hace décadas mis queridos y admirados Mª Jesús Payo y Celso Taboada organizan, contra viento y marea, en Lalín cada mes de julio, o si alguna amiga en común nos puso en contacto. El caso es que en esta última década no hemos dejado de coincidir y ella, con ese poderío que va más allá de su esqueleto de mujer grande, se ha convertido para mí en un referente de compromiso transformador y de potencia que busca hacer visible lo invisible. Pocas como ella han conseguido trasladar a unas narrativas asequibles y a un lenguaje divulgativo, sin perder ni rigor ni militancia, una realidad tan turbia y compleja como la explotación sexual de las mujeres. Sus libros y sus documentales me han acompañado en estos años en los que no he dejado de cuestionar críticamente la masculinidad, y en los que en consecuencia no he dejado de cuestionarme a mí mismo, y me han hecho ver, de l...
El cine, como todas las artes, vive en la conversación. Es decir, una película siempre es incompleta hasta que no atraviesa al espectador y entabla un diálogo con él. En ese punto de encuentro, que no siempre se logra, habitan todas las posibilidades. Es justo ahí donde el cine se hace político, en cruce con lo personal, de forma que amplía su dimensión colectiva y nos permite redescubrirnos. En esa no siempre fácil tarea que supone aprender que “soy porque eres tú”. De esta forma, en apenas hora y media, dos horas, pongamos que tres, pueden cohabitar la memoria y el futuro, hermanados en un ahora en el que nuestro pecho, frente a la pantalla, tiembla o se escuece. Pocas películas recientes han conseguido que mi temblor como espectador, ese que últimamente parece tan domesticado por pantallas menores que en mi casa me entretienen, viaje hacia décadas pasadas, hasta mi adolescencia de bolas negras que yo mismo tiraba sobre mi pared, hasta esos manuales, de la escuela...