El cine, como todas las artes, vive en la conversación. Es decir, una película siempre es incompleta hasta que no atraviesa al espectador y entabla un diálogo con él. En ese punto de encuentro, que no siempre se logra, habitan todas las posibilidades. Es justo ahí donde el cine se hace político, en cruce con lo personal, de forma que amplía su dimensión colectiva y nos permite redescubrirnos. En esa no siempre fácil tarea que supone aprender que “soy porque eres tú”. De esta forma, en apenas hora y media, dos horas, pongamos que tres, pueden cohabitar la memoria y el futuro, hermanados en un ahora en el que nuestro pecho, frente a la pantalla, tiembla o se escuece. Pocas películas recientes han conseguido que mi temblor como espectador, ese que últimamente parece tan domesticado por pantallas menores que en mi casa me entretienen, viaje hacia décadas pasadas, hasta mi adolescencia de bolas negras que yo mismo tiraba sobre mi pared, hasta esos manuales, de la escuela...
Hace aproximadamente ocho años, y tomándole prestado un verso a Andrés Neuman - “ no concluirá la luna su mudanza, mientras que el sol no modifique sus costumbres ” - iniciaba mis colaboraciones en esta revista que, mes a mes, han sido para mí una especie de diario en el que he ido compartiendo todo aquello que bullía en la cabeza y en el corazón del hombre inquieto y disidente que soy. En construcción, siempre en construcción. Lo he hecho además en un período en el que nos hemos visto zarandeados por crisis de todo tipo, incluida una pandemia global, y en el que hemos asistido a un cambio de década caracterizado por los miedos, la incertidumbre y las lógicas reactivas. Han sido también los años de expansión de los feminismos y de apertura de debates en torno al sexo/género inimaginables no hace tanto. Una evolución que ha llevado a muchos hombres a dejarse llevar por el resentimiento y a buscar acogida en comunidades virtuales, al tiempo que la extrema derecha, cada vez má...