EN ESTE SIGLO de barbarie, de crisis y de incertidumbres que hacen que crezcan nuestros miedos y nos convirtamos en presa fácil de salvadores, necesitamos más que nunca ser conscientes, como mínimo ser conscientes, de quiénes lideran el mundo y de qué tipo de poder ejercen. En unos momentos en los que además no deja de cuestionarse el valor del feminismo y todo lo que conlleva de cuestionamiento crítico de un modelo hegemónico de masculinidad, es urgente que pongamos las luces largas y enfoquemos una realidad que nos atraviesa a todas y a todos. Una realidad que de manera dramática nos habla de las consecuencias injustas que genera entender el poder como un estatus que desprecia lo común y que engorda el ego de sujetos narcisistas, varones todos, que parecen estar participando en ese eterno duelo que implica para ellos demostrar ante el planeta quién la tiene más grande. Es un pulso de efectos difíciles de prev...
Pocos cineastas como Sorrentino consiguen en la actualidad que sus películas sean estéticamente deslumbrantes y, al mismo tiempo, parezcan construidas sobre cientos de capas, esas que el espectador, como si convirtiera en un arqueólogo, ha de ir descubriendo con la cabeza llena de interrogantes. Pocos además como él han sabido asumir la mejor herencia de la cinematografía italiana y traducirla en un lenguaje propio, ya inconfundible, mediante el cual es capaz de diseccionar con bisturí preciso el alma de un país, el suyo que es también un poco el mío, en el que la historia, el arte y los dioses atraviesan los cuerpos y configuran un espacio, que es también temporal, en el que pareciera habitar todo lo mejor pero también todo lo peor. Ahí está La gran belleza como máxima expresión de ese retrato siempre inacabado de todo un mundo. De ahí el delito que debería suponer ver sus películas dobladas. Mucho más acertado en sus obras más estrictamente políticas – Il divo...