Siempre me han gustado las flores. A veces sueño que mi infancia estuvo llena de ellas. Las que crecían mimadas en las macetas cuidadas por mi abuela Rita o las que yo descubría, sin saber su nombre, en el campo donde pasaba unos veranos eternos. Durante muchos años no entendí por qué a mí nadie me las regalaba. Yo siempre he comprado flores para mis amores y, por supuesto, también las he ofrecido a hombres a los que he querido. Nunca entendí porque entre amigos no era normal que nos regalásemos un ramo con motivo de un cumpleaños o de cualquier otra celebración. Como en muchas otras cosas, percibía que las mujeres eran mucho más libres y disfrutonas que nosotros a la hora de comunicarse y expresar afectos. Desde muy jovencito empecé a rebelarme contra esos mandatos que me obligaban a ser una especie de estreñido emocional y que me marcaban límites que no debía sobrepasar, siempre atento a una policía de género que me vigilaba para que no me convirtiera en un mariconazo. ...
Una de las grietas más profundas que atraviesan los cuerpos, en un sentido individual pero también colectivo, en este siglo de miedos e incertidumbres es la relacionada con el estado de desconcierto de un número significativo de hombres que, como mínimo, andan desubicados ante una realidad que les muestra que su traje tradicional se les ha quedado demasiado estrecho. Si a ello unimos factores socio-económicos que se ceban en quienes tienen lógicamente muchas dificultades para leerse como parte de una masculinidad hegemónica, el resultado es, como ya estamos sufriendo, un caldo de cultivo idóneo para que prosperen las comunidades reactivas y los discursos que sacan partido a unos malestares que, en el mejor de los casos, interpretamos en clave patológica e individualista. El gran error de la izquierda ha sido dejar que esas fracturas estén siendo ocupadas por quienes prometen la fácil respuesta de un orden conservador, sin que hayamos sido capaces de promover alternativas emancipadoras ...