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CAMINO A LA MECA: la autonomía de la hechicera

 


Un proceso judicial tiene mucho de representación teatral y viceversa. Con frecuencia, una obra de teatro nos presenta un dilema moral sobre el que vemos debatir  distintas posiciones sobre el escenario hasta llegar a un final en el que se dicta sentencia, es decir, esa verdad imperfecta y a menudo ambigua que nos reconcilia con la naturaleza humana. Hay mucho de esa búsqueda, que es también, claro, emocional, en la obra Camino a la Meca, en la que su autor, Athol Fugard, parte de un personaje real: la artista Helen Martis, escultora sudafricana que llenó el jardín de su casa con estatuas a través de la que expresaba su ansias de autonomía. Todo ello en una aldea sudafricana de una región semidesértica, en 1974, en un momento en el que está germinando la contestación al apartheid. La visita que Helen recibe de una amiga con la que siempre mantuvo una relación de estrecha complicidad, Elsa, es el detonante de un “proceso” en el que se acabará juzgando, en definitiva, la autonomía de la protagonista, su capacidad para tomar decisiones sobre su vida en esa edad avanzada en la que acabamos infantilizados, como si paradójicamente la vejez nos llevara a una especie de minoría de edad. 

 

Camino a la Meca, que es una más de las muchas obras que Fugard escribió reflejando la segregación implantada por la minoría blanca sobre la población negra en Sudáfrica, incorpora a esta realidad la dominación del hombre sobre la mujer y la que todos en general acabamos ejerciendo sobre las personas viejas. Es, en este sentido, una reflexión sobre la lucha del ser humano, y muy singularmente de las mujeres, contra los barrotes de las jaulas que representa la comunidad. Una defensa de la extrañeza y de las múltiples formas de luchar contra la oscuridad, tal vez el sentido último de nuestra alma dubitativa que, con frecuencia, acaba siendo esclava de dogmas y promesas, ya lleven el nombre del amor o el de un profeta que nos anuncia el paraíso. En la obra, este conflicto se dirime entre la voz de la racionalidad de alguien que ha vivido y sufrido, la de la amiga profesora que está aprendiendo a encontrar el sentido último del dolor, y la de ministro de la iglesia que ofrece la vía de la salvación y la misericordia, aunque bajo su traje de impecable hombre omnipotente no sea capaz de disimular la fragilidad que representa saberse enamorado.  

 

Con una escenografía que, aunque recogiéndonos en un espacio interior, no deja de abrir ventanas y sonidos al exterior, y con un movimiento actoral que, poco a poco, va creando una coreografía que nos habla de las pulsiones de los protagonistas, la obra crece gracias a la potencia con la que sus intérpretes logran que los espectadores sean mucho más que testigos de unas vidas que, en apenas hora y media, recorren pasado, presente y futuro. La solvencia de Carlos Olallay, sobre todo, el dominio de la escena y el equilibrado pulso emocional de Natalia Dicenta, a la siempre es un placer escuchar entonando canciones con sabor a Broadway y que en esta obra sabe como nadie manejar silencios y esperas, mantienen la red de argumentos y sentires que en la casa de Helen parecen a punto de estallar en una tormenta. La que sacude el pecho y las manos de la protagonista, de la vieja rebelde casi hechicera, la heredera de brujas y artistas silenciadas, la disidente de iglesias y costumbres, la que sobre el escenario se hace cuerpo y vulnerabilidad gracias a una Lola Herrera que, una vez más, nos demuestra que es un animal nacido para trasladarnos con su voz todos los alientos que caben en el alma de personajes que tienen tanto de nosotros mismos. Es evidente que el público que ha llenado durante dos noches el Gran Teatro acudió a la cita como miembros de un club de fans que llevan décadas siguiendo y admirando a una mujer que hoy, con cerca de 90 años, continúa siendo un referente de señora capaz de manejar el timón y de mostrarle al mundo, siempre con elegancia y un punto de fragilidad no impostada, el tesoro que supone haber ido saliendo victoriosa de múltiples batallas. Los aplausos que en varias ocasiones interrumpieron la función, como si estuviéramos en un concierto donde el público celebra cada canción, fueron la constatación evidente de que Lola ha traspasado esa frontera que coloca a algunos actores y a algunas actrices, pocos muy pocos, algunas solo algunas, en una especie de jardín que, como el de Helen, nos indica que el camino a la Meca, el de cada uno de nosotros, tiene que ver con la posibilidad que tengamos de moldear con nuestras manos vida, belleza y dolor. 

 

“Lo mismo que aprendí a encender la velas sola, tengo que aprender a apagarlas sola”, dice en un momento conclusivo de la obra una Helen que tiene la bellísima cabellera blanca de Lola y que se nos antoja una suerte de maga que al fin ha descubierto en qué consiste la eternidad. En esa apuesta por la libertad entendida como antorcha que nos hace necesariamente extraños y disidentes, y que por supuesto no entiende ni de géneros ni edades, radica la hermosura de una obra que, con el peso de un relato clásico y ordenado, de esos que nos ofrecen seguridad a los espectadores dubitativos, nos reconcilia con la geometría de la luz y del color. La esencia última, tal vez, siempre tal vez, de unas vidas en las que, como la de la escultora de búhos y ángeles sin estúpidas aureolas, el mayor desafío es equilibrar la soledad habitada con el pulso tembloroso de una mano capaz de encender esas velas que iluminan y son también, como reverso apasionado, capaces de provocar un incendio.


Publicado en Cordópolis:

 

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