Siempre me han gustado las
flores. A veces sueño que mi infancia estuvo llena de ellas. Las que crecían
mimadas en las macetas cuidadas por mi abuela Rita o las que yo descubría, sin
saber su nombre, en el campo donde pasaba unos veranos eternos. Durante muchos
años no entendí por qué a mí nadie me las regalaba. Yo siempre he comprado
flores para mis amores y, por supuesto, también las he ofrecido a hombres a los
que he querido. Nunca entendí porque entre amigos no era normal que nos
regalásemos un ramo con motivo de un cumpleaños o de cualquier otra
celebración. Como en muchas otras cosas, percibía que las mujeres eran mucho
más libres y disfrutonas que nosotros a la hora de comunicarse y expresar
afectos. Desde muy jovencito empecé a
rebelarme contra esos mandatos que me obligaban a ser una especie de estreñido
emocional y que me marcaban límites que no debía sobrepasar, siempre atento a
una policía de género que me vigilaba para que no me convirtiera en un
mariconazo.
He tardado mucho en ir
liberándome de esos estúpidos corsés y soy consciente de que todavía hay
algunos que me condicionan, aunque cada vez menos. Empiezo a darme cuenta de
que, afortunadamente, hay patrones que
se están rompiendo, tal y como hace unos meses me demostró mi hijo que no dudó
en enviarme un hermosísimo ramo de flores con motivo de mi cumpleaños. Supongo
que él, al que hemos tratado de educar para que nunca frene sus emociones, ha
sido testigo de cómo para mí un regalo así es la mayor expresión que puedo
hacer de afecto y complicidad. Como si quisiera hacerle llegar a la persona que
va dirigido una promesa de eternidad aunque paradójicamente los pétalos siempre
acaban cayendo al suelo. Supongo que la misma que yo persigo cuando me las
regalo a mí mismo.
Hay pocas cosas que me hagan tan
feliz como pasear los domingos por el mercado de las afueras de mi ciudad y
comprar flores que invaden mi casa con sus colores y olores, esos que luego me
llegan cuando cada mañana bajo a la cocina para preparar el desayuno. Me gusta
mirar detenidamente las formas tan diversas y caprichosas con que la naturaleza
parece queremos hablar. Y aunque soy consciente de su caducidad, las mimo y
cuido como si fueran imprescindibles en mi vida. Una manera, tal vez, de tratar
de atesorar algo de ese belleza que es siempre fugaz y por ello tan
insustituible.
Cuando hace unos meses leí el
libro Cronofobia, de Sergio C. Fanjul, me reconocí absolutamente en un
final en el que el autor reconoce que antes él no compraba flores porque lo
ponían frente al tiempo y eso le daba miedo. Sin embargo, Fanjul cuenta cómo ha
superado esa sensación y ahora compra violetas, lirios o margaritas, y siente
la fuerza de esa belleza fugaz que, en definitiva, nos está hablando de
nosotros mismos. “Observo cómo el tiempo inevitable va pasando sobre ellas y se
van apagando lentamente y van soltando pétalos y pierden consistencia y miran
hacia el suelo y se derrumban. Qué puedo hacer para salvarlas. A veces meto
alguna entre las páginas de un libro grueso y les doy eternidad. También así
son bellas”, escribe el periodista. Leyéndolo le pongo nombre a la peripecia
que también a mí me lleva a colocar flores en la mesa del salón, como si fuera
un espejo en el que observo mi rostro. Veo cómo pasan por ellas los días y las
horas, y así trato de conjurar la lucha imposible contra nuestra mortalidad.
Con Fanjul he confirmado que, además de por amor, yo compro flores para tratar
de entender el tiempo, para rebelarme contra él. Observándolas, oliéndolas,
cambiándoles el agua, me doy cuenta de que yo también soy efímero como ellas,
mucho más pequeño de lo que me habían hecho creer, un hombre en fin que siempre
quiso ser como la Mrs. Dalloway de Virginia Woolf.


Comentarios
Publicar un comentario