Russell T. Davies, el británico creador de series míticas como Queer as folk o It`s a sin,manifestaba hace unos días que él no puede permanecer al margen de lo que está ocurriendo y que le resulta imposible permanecer callado ante las injusticias.
Un compromiso más que evidente en su trayectoria y que ahora ha vuelto a poner de manifiesto en la que es ya, sin duda, una de las grandes series de 2026. De puntillas, que ya puede verse completa en HBO, nos ofrece en solo cinco capítulos un retrato preciso, y por tanto angustioso, del mundo en que vivimos, en el que no hay día en que no asistamos a un retroceso, por pequeño que pueda ser, con relación a derechos relacionados con la igualdad. Tras una época de euforia y de conquistas, que fue seguida en muchos países como el nuestro de una parálisis de los movimientos que tanto habían peleado por la visibilidad de los sujetos no heteronormativos, al tiempo que en parte eran absorbidos por el seductor mercado, vivimos una involución en la que, como bien se dice en la serie, pareciera demostrar que las diferencias siguen molestando, y que ahora que en muchos lugares del planeta hemos conseguido que sean visibles, tras una larguísima temporada en los armarios, generan sentimientos de odio y hasta violencias que no dejan de multiplicarse. Una realidad amplificada y expandida gracias a unos espacios digitales en los que hemos roto las fronteras de la intimidad y en los que encuentran alimento y propagación discursos y acciones que promueven rabia, confrontación, batalla de opuestos. Como si la inabarcable diversidad de lo humano, con sus múltiples colores y matices, pudiera reducirse a un duelo entre lo blanco y lo negro. Todo ello sin obviar, claro está, que también esos espacios, en su dimensión más horizontal, han abierto horizontes de posibilidad para muchos sujetos y colectivos que han podido construir referentes y complicidades haces unas décadas imposibles.
Entre los muchos aciertos de esta miniserie está el que empieza justamente mostrándonos la tragedia en la que culmina todo su arco narrativo para, desde ahí, ir hacia atrás en el retrato de personajes y acontecimientos. De esta manera, la clave no está en esa tensión indagatoria de culpabilidades, tan propia de muchas de las series que invaden las plataformas, sino que lo que su creador quiere mostrarnos es la suma de factores que llevan a ese final trágico. Es decir, cuáles son las circunstancias, las relaciones y la atmósfera, tanto en un plano más personal como también en el colectivo, que desencadenan una situación de máxima violencia que tiene su origen en algo tan recurrente como dos vecinos que, puerta con puerta, tienen muy complicado entenderse. Uno de ellos, Clive (un estupendo David Morrissey) vendría a representar ese hombre de mediana edad que acumula no solo una crisis de la masculinidad tradicional sino toda una suma de precariedades que le hacen vivir instalado en la rabia. El reconocimiento de las realidades de sus dos hijos varones, George y Saúl, tan lejos de sus expectativas de machote tradicional, actuará en él como espejo donde no tendrá más remedio que asumir sus miserias. El otro, Leo, interpretado de manera soberbia por Alan Cumming, es un hombre gay, que regenta un local de “ambiente” y que está siendo testigo de cómo la creciente visibilidad de su colectivo no se está traduciendo en una existencia de plena igualdad y de convivencia pacífica entre diferentes en un Reino Unido donde hace años empezaron a ondear banderas de colores. Ahí está, para demostrarlo, el retroceso en la garantía de los derechos de las personas trans o el clima de creciente violencia que empieza a detectarse en calles y barrios donde hasta hace poco reinó una cierta armonía. Todo ello en un momento histórico en el que una mayoría de hombres parecen haber perdido la brújula ante los avances de las mujeres y de las personas LGBTIQ+, lo cual está generando nuevos espacios de refugio y amparo, reactivos y violentos, donde se alimentan manadas como la que vemos brutalmente retratada en el último capítulo de la serie.
La mirada inteligente y comprometida del creador de la profética Years and years nos ofrece en apenas cinco horas todo un fresco de este siglo XXI en el que, ilusos, pensamos que determinados derechos serían ya irreversibles. Nada más lejos de la realidad en unas democracias incompletas en las que se han ido desactivando las luchas colectivas a favor del individualismo narcisista, en las que el mercado nos enseña a comerciar con nuestros cuerpos y deseos, y en las que además no hemos conseguido cerrar de manera definitiva la puerta de los armarios que, ahora, se nos ofrecen con coberturas neoliberales pero con la misma carga humillante de siempre. Los efectos nocivos de nuestra permanente visibilidad en redes, los frágiles vínculos que se generan en los espacios digitales, la facilidad con que ellos circula la bilis y la continuidad de una cultura – machista, homófoba y reactiva ahora frente al diferente – aparecen en De puntillas como una seria, muy seria advertencia, de cómo estamos dejando que la desigualdad y la violencia construyan un relato que, partiendo de las identidades como trinchera, olvida las condiciones materiales, culturales y simbólicas que nos permiten ser individuos radicalmente autónomos. Y que es justamente ahí donde deberíamos trenzar las alianzas emancipatorias.
Es imposible ver esta serie sin una sensación de amargura e impotencia, pero también creo que puede servirnos como una de esas palancas que, con la fuerza que tiene siempre el relato audiovisual, nos haga despertar de una inercia y hasta de cierta comodidad que nos lleva a pensar que nada de lo conquistado está en riesgo. En este sentido, la potencia pedagógica de esta impecable e implacable serie británica está no solo en su capacidad de vindicar la memoria sino también en su llamamiento a la acción. Una grieta esperanzadora que se encarna en el personaje de Melba (Paul Rhyss), un viejo tipo queer que es como la voz de la conciencia ante los acontecimientos que se desatan delante de sus/nuestras narices. Un sujeto no normativo que todavía lleva en su rostro maquillado la pesadez de los armarios vividos y que reclama a los más jóvenes que escriban menos en las aplicaciones digitales y que actúen más. Una llamada urgente en la que, como Melba sentencia clarividente, ser quién eres se convierte en un acto político. Un acto de afirmación y de resistencia, pero también de vindicación, en un mundo en el que pareciera que, de nuevo, las personas “raras” tenemos que caminar por él de puntillas, como si lo hiciéramos de prestado en un mundo hecho a imagen y semejanza de hombres que, paradójicamente, como Clive, están, aunque no quieran reconocerlo, al borde del precipicio.
Comentarios
Publicar un comentario