"Uno siempre debería estar enamorado. Esa es la razón por la que uno nunca debería casarse"
Oscar Wilde
Pese a vivir unos tiempos pornográficos, en el sentido más amplio del término, de negocios vía Only Fans y de una incesante sexualización de las mujeres – y cada vez más, también, de los hombres -, tengo la sensación de que, aunque pueda parecer paradójico, no son buenos tiempos para el sexo. Por lo que observo hay una creciente insatisfacción, un descenso incluso de determinados placeres compartidos entre los más jóvenes y, lo que es peor, una cierta moralina conservadora y reaccionaria que impregna con frecuencia el discurso público. En el cine, por ejemplo, y a diferencia de lo que fue más habitual hace unos años, apenas se habla de sexo y mucho menos lo vemos como parte central de los relatos, salvo en contadas propuestas más minoritarias y, ahora, quién nos lo iba a decir, transgresoras. Simplemente porque es capaz de romper con esta tendencia tan aburrida y hasta ñoña bienvenida sea La invitación, una película en la que su directora, aun siendo bastante fiel a la original Sentimental de Cesc Gay, consigue situar en el centro de la narración esa vía de comunicación y placer que es el sexo, para, a partir de ella, ahondar también en algunos de esos fantasmas y carencias que van minando las relaciones de pareja. Oliva Wilde, además, y en clara sintonía con sus películas anteriores como directora (Superempollonas; No te preocupes, querida), aprovecha para vindicar los deseos femeninos, la voz de las mujeres en materia de placeres y fantasías, en un momento en el que, más allá del consentimiento, los hombres, en general, atravesamos una profunda crisis derivada de no saber muy bien cómo ubicarnos en un mundo en el que ellas, al fin, están cambiando las reglas del juego.
Sin despreciar los valores del original, que recordemos ha sido una de las películas – basada a su vez en una obra de teatro- que más versiones ha tenido en los últimos años, creo que Olivia Wilde perfecciona el original por cómo maneja la cámara, por cómo encuadra a los personajes – esos juegos con los espejos – y por cómo además, gracias al formato en el que está rodada, dota de esos tonos agridulces a una narración que empieza siendo una comedia muy inteligente para derivar en un drama en el que supongo que muchos espectadores, si son honestos consigo mismos, acabarán reconociéndose. Todo ello acompañado de una música que por momentos crea tensión y que, en otras ocasiones, subraya, gracias a canciones muy oportunas, los estados físicos y emocionales de los protagonistas. Además, creo que uno de los grandes aciertos de La invitación es que también nos ubica la historia en un contexto determinado, tal y como anuncian los títulos de crédito que parecen sacados de una película del mejor Woody Allen, un director que sin duda nos viene a la cabeza al ver esta historia de dos parejas vecinas pero al que, hoy por hoy, gana por goleada una Olivia Wilde que es capaz de mirar mucho más allá del ombligo androcéntrico del neoyorkino.
Una película de este tipo, tan teatral aunque está filmada con una potencia que le permite superar lo que podría ser un lastre en la pantalla, necesita de unos actores y unas actrices capaces de sostener registros tan distintos como la agilidad de la comedia o la densidad de los oscuros pasadizos por los que transitan personajes que, como sucede en el caso de Joe y Angela, no se han atrevido a enfrentarse al porqué de su infelicidad. Y si la misma Olivia Wilde y Edward Norton están más que correctos, por encima de ellos sobresalen un inmenso Seth Rogen, capaz de darle todos los matices a un personaje que pasa de la comedia en el sentido más físico a la angustia de los silencios, y sobre todo una Penélope Cruz que, una vez más, y van no sé cuántas, transmite una fuerza que hace de su composición una de las firmes candidatas a todos los premios de la temporada. Su Pina, de origen español, es una mezcla sabia de poderío y fragilidad, de autoridad y timidez, de sensualidad y vértigo. Matices y movimientos que la madrileña hace suyos con una naturalidad apabullante y con ese magnetismo en la pantalla que solo consiguen las más grandes. El juego, además, de su inglés y del español que a veces utiliza con su pareja, redondea una interpretación inteligente y brillante, que además pareciera que Cruz borda sin esfuerzo alguno. Verla en pantalla es una gozada, como también lo es disfrutar de un personaje femenino que habla de orgasmos y que los reivindica como una cuestión de placer y autonomía. Una mujer que elige y decide y que tiene autoridad frente a los hombres. Todos estos elementos, por cierto, exigen un visionado en versión original, porque me temo que la doblada no solo será un delito, como es habitual, sino que nos privará de estas exquisiteces actorales.
La invitación, que tenía todas las papeletas para ser una película pequeñita, de esas que pasan desapercibidas, tiene, sin embargo, muchos elementos que la hacen reivindicable en este tiempo de angustias varias, también en lo que tiene que ver con el mundo de la pareja, de los vínculos y de tantas frustraciones ante la happycracia que nos vende el ecosistema digital. Un contexto en el que, una vez más, y como podemos comprobar en los títulos de crédito, Oscar Wilde vuelve a acertar en su diagnóstico, demostrando que el texto de Cesc Gay no hace sino transitar por los eternos dilemas de los amores, los cuerpos y los espacios que compartimos. Una realidad ante la que seguimos sin saber disfrutar de los mecanismos salvajes de la imaginación, tal vez demasiado empeñados en ajustarnos a unos marcos que nos otorgan una cierta seguridad. De ahí que no me extrañe que en estos momentos de crisis e incertidumbre, todas nos volvamos un pelín nostálgicas y reaccionarias, cuando tal vez lo que necesitaríamos es una Pina en nuestra vida y una invitación a saltarnos las reglas para, a partir de ahí, perder el miedo a mirarnos delante del espejo.

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