No recuerdo exactamente cuándo y dónde conocí a Mabel Lozano. No sé si coincidimos en uno de esos imprescindibles cursos que hace décadas mis queridos y admirados Mª Jesús Payo y Celso Taboada organizan, contra viento y marea, en Lalín cada mes de julio, o si alguna amiga en común nos puso en contacto. El caso es que en esta última década no hemos dejado de coincidir y ella, con ese poderío que va más allá de su esqueleto de mujer grande, se ha convertido para mí en un referente de compromiso transformador y de potencia que busca hacer visible lo invisible. Pocas como ella han conseguido trasladar a unas narrativas asequibles y a un lenguaje divulgativo, sin perder ni rigor ni militancia, una realidad tan turbia y compleja como la explotación sexual de las mujeres. Sus libros y sus documentales me han acompañado en estos años en los que no he dejado de cuestionar críticamente la masculinidad, y en los que en consecuencia no he dejado de cuestionarme a mí mismo, y me han hecho ver, de la misma manera que por ejemplo testimonios como los de Amelia Tiganus, hasta qué punto la lógica del dominio en la que somos socializados los hombres ha generado, y sigue generando, tantas violencias e injusticias que atraviesan los cuerpos y las vidas de las mujeres. De esta manera, y ante un debate jurídicamente tan puñetero cómo el relativo a cómo abordar la prostitución, siempre he tenido claro que es insostenible darle reconocimiento legal a una institución que ampara privilegios masculinos como si fueran derechos. Cuestión distinta sería cómo abordar en el plano estrictamente legislativo, y sobre todo en el de las políticas públicas, un horizonte abolicionista que se me antoja imposible, de hecho, en este mundo globalizado y tan condicionado por las dinámicas depredadoras del neoliberalismo. Por más que en un programa electoral o que incluso en el BOE veamos finalmente publicada una norma que responda a dicho objetivo.
Recuerdo que cuando hace años leí El proxeneta pensé inmediatamente en el enorme potencial cinematográfico que había en unas páginas en las que Mabel, no por casualidad metida ahora de lleno en la dirección de su primer largo, nos ofrecía una visión sin filtros de las estructuras de poder que no solo sostienen directamente el negocio de la prostitución en España sino también de las que, desde las afueras en muchos casos, han contribuido a mantenerlo como parte de un orden económico pero también cultural en el que hemos normalizado que las mujeres existen para satisfacer los deseos de los hombres. De ahí que esperase con mucho interés la adaptación que en formato de serie han hecho Isabel Serrano y Eduardo Villanueva, con las directoras Elena Martín y Sandra Romero al timón de las cámaras. Con un título que esquiva la contundencia del original, supongo que por razones comerciales que evidencian cómo nos sigue habitando un terrible orden de género, El castillo consigue el milagro de redimensionar las investigaciones de Lozano ofreciéndonos un relato cuyo mayor acierto radica en mostrarnos la crudeza del sistema que ampara una explotación que la mayoría no quiere ver. En la traducción en imágenes queda bien clara la conexión con el poder, entendido como una megaestructura que, de manera capilar, se extiende por los territorios y por los cuerpos, que no entiende de fronteras y que se aprovecha de las vulnerabilidades. Una megaestructura que, obviamente, es masculina y masculinizada: donde reside la raíz de un mundo en el que todavía hoy se amparan estatus diferentes en función del sexo y en el que no hemos conseguido desmantelar ese peligro triángulo, masculinidad-poder-violencias, sobre el que a duras penas sostenemos un planeta que cobija un cruel extractivismo no solo de recursos sino también de seres humanos. Esos, y sobre todo esas, que acaban siendo una mercancía más al servicio de quienes son parte del boys club que mece la cuna.
Con la ayuda de un reparto soberbio, en el que no solo destaca un enorme, en todos los sentidos, Raúl Arévalo, sino también una prodigiosa debutante Valentina Vidal, El castillo nos muestra, sin que tengamos la sensación de que nos está lanzando un discurso desde una tribuna, todas las claves de ese sistema prostitucional en el que confluyen pactos de caballeros, cuentas corrientes y listas electorales, pasividades múltiples y, por supuesto, no solo carencias legales sino también de todo un aparato público – la Administración de Justicia, las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado – que con frecuencia ha remado a favor de la continuidad de lo que no es más que, como se repite en varios momentos de la serie, “la prostitución de toda la vida”. Todo ello se cuenta esquivando la visión incluso romántica y tan sesgada con la que el cine se ha acercado a la prostitución – desde la Poderosa Afrodita de Woody Allen a las Princesas de Fernando León de Aranoa, pasando por clásicos de Fellini o Billy Wilder – y, por supuesto, evitando en escenas que deben evidenciar el tipo de relación que se da entre un putero y la mujer prostituida la recreación en el cuerpo femenino, con frecuencia fragmentado, que tanto tiene que ver con el ojo masculino que mira un objeto, que no sujeto, de deseo. En este sentido, que el foco esté en el sujeto varón que usa y abusa es no solo una opción narrativa sino también política. De la misma manera que lo es mostrar sin cortedad todos los factores personales y sociales que de manera interseccional multiplican la fragilidad de las mujeres prostituidas, la ridícula potencia de una masculinidad que necesita validarse gracias al ejercicio del dominio sobre las mujeres o los vergonzosos manejos de esos clubes de hombres que no tienen ningún reparo moral en deshumanizar a quienes tratan como si fueran solo piezas de un engranaje que les reporta beneficios. Puro y duro capitalismo, puro y duro machismo.
El castillo es, claro, como no podía ser de otra manera, una serie incómoda, uno de esos relatos que hacen que te remuevas en el sillón y que, ojalá, haga que muchos espectadores (varones) se pregunten por su complicidad o no con un sistema que ni siquiera identificamos con esa especie de no-lugares que son los clubes que todavía se ven en muchas carreteras o esos pisos que, en la actualidad, en tantos barrios de nuestras ciudades, son el escenario de diarios atentados contra la dignidad de muchísimas mujeres. Una realidad insoportable con la que no podremos acabar mientras que los hombres, muchos hombres todavía, entiendan que esto no va con ellos y que no tienen, que no tenemos, ninguna responsabilidad en la continuidad de esta vergonzosa violación de derechos humanos que traspasa fronteras. Porque si bien es evidente que no todos los hombres somos puteros, sí que es cierto que todos los puteros y proxenetas lo son, de la misma forma que la prostitución es también una forma cruel y deshumanizada de validar una masculinidad que hoy se agrieta sin remedio. Al fin.
Publicado en Diario Público, 14/10/26:
https://www.publico.es/opinion/columnas/castillo-proxenetas-puteros-toda-vida.html

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