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JOSEFINA MOLINA. Memoria y gramática.

 “La gramática es el puente – siempre frágil – tendido entre la situación presente y la situación heredada, entre el momento actual, por un lado, y las presencias del pasado –unas presencias que perviven, a menudo en forma de ausencias -, por otro”.

Joan Carle Mèlich

 

Siempre que le explico a mi alumnado la transición española me doy cuenta de que los manuales y los apuntes continúan agujereados, como si en los mapas de nuestra historia continuara habiendo vacíos por lo que se escapa la memoria, o sea, de alguna forma, también el presente. Gracias a los feminismos he logrado entender que esas ausencias, que a día de hoy continúan siendo flagrantes, son la expresión de un pensamiento sesgado y de un androcentrismo que, de tan obvio, a veces nos sigue costando reconocer. Continuamos necesitando relatos contrahegemónicos que vayan más allá de los “padres de la Constitución” y que, por ejemplo, pongan el foco en todas esas mujeres juristas que hicieron de palanca para que empezáramos a superar un Código civil decimonónico, por no hablar de tantas abogadas que removieron obstáculos en la praxis diaria del trabajo y la convivencia. Seguimos sin contar, además, el papel decisivo que tuvieron tantas mujeres en la construcción de otros imaginarios, las que desde la cultura empezaron a nombrar lo que hasta entonces era invisible. Sin unas y otras hubiera sido imposible superar las “labores” que denigraban el estatus femenino desde el DNI y, en definitiva, un mundo que habíamos diseñado a imagen y semejanza de la mitad masculina.

 

He vuelto a pensar en los agujeros y en las ausencias cuando en un sábado de feria en Córdoba, agobiado por la calor que nos avisa impertinente del desastre ecológico al que vamos de cabeza, recibo la noticia de la muerte de Josefina Molina. No hace falta que repita aquí la trayectoria pionera de la cordobesa a la que le tocó nacer en el que fue, sin duda, unos de los períodos más sombríos de nuestra historia. A ellas, como a tantas otras, les correspondió ser las primeras en muchos espacios que durante siglos les habían sido negados, lo cual las obligó a ser singularmente valientes y comprometidas: les iba la vida en ello. Justo hace apenas unos meses, en la Semana de cine de Córdoba, una mesa redonda recordaba su mirada, esa que enfocó habitaciones sin bombillas y que, si repasamos concienzudamente toda su obra, se caracterizó siempre por presentarnos a las mujeres como sujetos con agencia. Es imposible, en este sentido, no ver el hilo que cose los recorridos de Teresa de Jesús, de Lola Herrera en Función de noche, de Charo López en Lo más natural y hasta de Rocío Jurado en una versión nada complaciente de La Lola se va a los puertos.  Quizás nunca antes habíamos visto en las pantallas el deseo de las mujeres contemplado desde sí mismas o muchos de esos laberintos por los que siempre han tenido que transitar al ser percibidas por nosotros como una suerte de permanentes menores de edad. Ese libro por escribir que después, décadas después, contemplamos cómo está siendo completado por tantas cineastas españolas que, para sorpresa y algún otro enfado de cinéfilos machotes, están haciendo por fin importante lo que durante siglos fue hurtado de las narrativas que dieron sentido a lo humano. No hace falta recordar, en esa línea, el carácter casi fundacional diría yo que tuvo y que tiene su Función de noche, uno de los ejercicios cinematográficos más impactantes y hondos que yo recuerde, y en la que no solo asistimos al desvelamiento de una Lola Herrera que toma la palabra sino también al retrato de una masculinidad cuyos malestares y molestares continúan a día de hoy siendo la clave del penoso entendimiento entre las dos mitades del puñetero orden binario de género. De ahí que una película como esa debería ser parte central de cualquier programa formativo que hable de nuestra historia reciente, porque sin ella no es posible entender la lenta y progresiva transición de las mujeres hacia un sistema que no les niegue eso que la Constitución española llama “libre desarrollo de la personalidad”. Como también debería ser de visionado obligatorio para tanto santo varón que todavía no ha aprendido la centralidad de escuchar a las mujeres. 

 

Lo señalado debería haber bastado para que la hija del tendero y la ama de casa ocupara un lugar mucho más relevante en ese imaginario colectivo en el que un país teje la urdimbre de la democracia. A todo ello habría que sumar sus producciones televisivas en años donde todo estaba por descubrir y, en definitiva, su vocación por contar y por contarse, desde un lugar, por cierto, en el que nunca la vimos reproducir los patrones del genio. Y no es que en vida no recibiera algunos y más que merecidos homenajes, pero sigo teniendo la sensación de que no forma parte de ese “núcleo duro” de la cultura de este país, que, como todo ámbito de poder, se les resiste a las mujeres. De la misma manera que, me temo, Josefina Molina no ha entrado a formar parte de esa alacena colectiva a la que volvemos en busca de ese tesoro que cobra vida al hacerse presente. Algo que, por el contrario, sí que han hecho suyo todas esas mujeres que en 2026 empiezan a tener en el ámbito audiovisual un rol protagonista, por más que la fragilidad sea siempre para ellas una amenaza que evidencia nuestro privilegio. Ellas son las aprendices de una gramática, la que empezaron a dibujar Molina y algunas pocas más, que hoy se expande y reinterpreta en busca de nuevos mundos. Ojalá ese futuro inmediato no renuncie a la memoria y, en especial, haga presente en esta ciudad, el lugar donde Josefina nació y vivió los años en que empezó a nutrir corazón y cabeza, el legado de una creadora cordobesas por vindicar y celebrar. Y no se me ocurre mejor homenaje que hacer posible que sea justo aquí donde vivan para siempre todo lo que nos puede dar pista de lo que hizo y de quién fue. Espero que las instituciones andaluzas, y las cordobesas en particular, estén a la altura que se merece la directora de Esquilache. Muchos, y sobre todo imagino que muchas, soñamos con ese espacio de Córdoba en el que reencontrarnos y reconocernos con la eterna Molina, con sus objetos, con su rastro en papeles y en bobinas, con todo aquello que sus manos inquietas tocaron. La herencia que nos permitirá quebrar la gramática y así, aunque pueda resultar paradójico, atarla a un lugar para desde él hacer posible la esperanza.

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