Hace ya algunos años, cuando yo me sentía todavía más un turista que un habitante de la ciudad en la que ahora resido, el mes de mayo representaba una apertura a lo colectivo, a una singular enredadera de memoria y fiestas que rompía con el silencio de la Córdoba lejana y sola. Las flores tomaban las cruces y las plazas, las casas abrían sus puertas para hacer de sus patios una arquitectura de lo común y la feria, al fin la feria, se convertía, sin etiquetas ni pases privados, en una celebración de la alegría de vivir. Una feria que cuando yo la conocí todavía no se había trasladado a las afueras, como tampoco la muerte se había expulsado a los tanatorios o las compras a centros comerciales en los que fuimos olvidando la socialización de esas tiendas en las que las palabras tenían más valor que los productos.
La Córdoba que yo conocí cuando era un estudiante de
Derecho ha ido desapareciendo con una velocidad de vértigo, me imagino que de
la misma manera que les ha ocurrido a otras ciudades que han acabado siendo
prisioneras de invasiones bárbaras. Las que han ido uniformando las calles
centrales, los establecimientos donde consumimos y las que en muchos casos han desplazado
al vecindario hacia los márgenes. Nuestros gobernantes, subidos todos ellos al
carro de los números de los que se niegan a ver que son pan para hoy pero
hambre para mañana, han vendido las esencias al mejor postor y han sido
cómplices, están siendo cómplices, de la conversión de los lugares en que
vivimos en espacios sin alma y en los que, lejos de fomentar la diversidad de
los encuentros y las migraciones de sujetos diferentes, asistimos a un trasiego
incesante de viajeros fugaces y maletas que gimen, de buscadores de
acontecimientos que inmortalizar en un selfie, de individuos sin apenas tiempo
de dejarse traspasar por el espíritu del lugar visitado, enrolados como están
en la aventura insostenible de probarlo todo, a la máxima velocidad posible, y
de dejar un reguero absurdo de sonrisas en ese universo digital que alimenta la
felicidad obligatoria del capitalismo.
Cuando ahora llega mayo a mi ciudad, lo que hasta
hace unos años era sinónimo de encuentro y potencia viva de la alteridad se
convierte en una larga cola de insectos, pequeñitos e iguales, que saltan de
maceta en maceta, que buscan la rica miel de prescriptores de rutas y sabores y
que, incómodos y ruidosos, acaban provocando que vecinas y vecinos se
replieguen, entre acobardados y cansados, por más que las cifras del turismo y
de la hostelería proclamen una era de dorados dividendos. Es así como el centro
histórico de Córdoba se ha ido vaciando, sustituyendo la vida cotidiana por los
rituales de la mercadotecnia, hasta el punto de que una fiesta que hace unos
años podía ser objeto de análisis antropológicos y poéticos – me refiero al
festival de los patios- ahora haya acabado convertida en una extensión de las
superficies comerciales en las que, como autómatas por las escaleras mecánicas,
pareciera que todos buscamos, en fila, haciendo cola, la puerta del paraíso.
Lo que Córdoba está viviendo, sufriendo diría yo, en
mayo, pero no solo en mayo, es una demostración más de cómo hemos abandonado
las ciudades en manos de especuladores y estrategas, reduciendo al mínimo su
potencialidad democrática y condenándolas a un futuro insostenible. Un programa
en manos de gobernantes que parecen haber olvidado que lo local es el espacio
clave para la realización de la dignidad, el bienestar y la justicia social.
Tres objetivos que están muy lejos de conseguirse en ciudades que están siendo
prostituidas en nombre de los negocios inmobiliarios, el turismo salvaje y la
necesidad de convertirlas en eventos cuantificables en miles de personas que
consumen. Mientras, vecinos y vecinas se repliegan en un silencio domesticado,
al tiempo que los balcones se tiñen de canas y los más jóvenes buscan una
posibilidad habitacional en los metros cuadrados de un trastero. Uno de los
mayores fracasos de un siglo XXI que nos quiere dóciles y entretenidos,
habitantes imposibles de ciudades que, como Córdoba, acaban siendo víctimas de
su memoria y de su patrimonio, ambos chuleados por un proxeneta, el mercado,
que no entiende de la poesía de las flores, y con la complicidad vergonzante de
políticos de encantados de ser glorias locales en vez de servidores públicos.
La ecuación perfecta para que la vulnerabilidad se transforme en precariedad en
un ámbito, el local, que debería ser escuela en la que aprender los lazos de lo
común y el cultivo de la conversación.
Publicado en Diario Público, 16 mayo 2026

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