El cine, como todas las artes, vive en la conversación. Es decir, una película siempre es incompleta hasta que no atraviesa al espectador y entabla un diálogo con él. En ese punto de encuentro, que no siempre se logra, habitan todas las posibilidades. Es justo ahí donde el cine se hace político, en cruce con lo personal, de forma que amplía su dimensión colectiva y nos permite redescubrirnos. En esa no siempre fácil tarea que supone aprender que “soy porque eres tú”. De esta forma, en apenas hora y media, dos horas, pongamos que tres, pueden cohabitar la memoria y el futuro, hermanados en un ahora en el que nuestro pecho, frente a la pantalla, tiembla o se escuece.
Pocas películas recientes han conseguido que mi temblor como espectador, ese que últimamente parece tan domesticado por pantallas menores que en mi casa me entretienen, viaje hacia décadas pasadas, hasta mi adolescencia de bolas negras que yo mismo tiraba sobre mi pared, hasta esos manuales, de la escuela y de la vida, en los que tantas hojas faltaban. Javier Calvo y Javier Ambrossi han conseguido que después de mucho tiempo me sienta parte de una enredadera conjugada en la primera persona del plural y que la historia de Carlos, Sebastián, Rafael y Alberto – que son, al mismo tiempo, como diría Saramago, “todos los nombres” – me lleve a ese territorio en el que las emociones nos dictan recados. Y sí, es una película imperfecta, hiperbólica, ambiciosa, desmesurada por momentos, pero en ella todas las piezas, hasta las que se dejan llevar por la poética del exceso, la propia de huertas y amores oscuros, están tan sabiamente conjugadas que es imposible no sentirse asaetado. Supongo que porque han sabido contarnos una historia, que es la nuestra, un poco la de todos quienes fuimos niños raros, desde la dimensión de los cuerpos. Es decir, encarnada. Cuerpos deseados y deseantes, los que sangran, los que sudan bajo las camisetas blancas de marineros sin tierra, los que se miran en los espejos, los que son tocados o lo ansían, los que se abrazan y se rozan, los que curan y cuidan, los olvidados y los que reducidos a esqueletos nos siguen gritando desde las cunetas. Es justamente en cómo La bola negra se adueña de la memoria encarnada donde reside la mayor potencia de una película que hizo llorar a mi vecina de butaca, que consiguió el silencio de jóvenes que comen palomitas y que irremediablemente sacudió el tronco del hombre mayor que tenía sentado delante.
Con un impecable diseño de producción y con un reparto milagroso, La bola negra, cuyo guion parece tejido con la habilidad de dedos que parecieran tener cien años pero al mismo tiempo con la temeridad del joven aprendiz, alza la voz, además, en un momento en el que algunos parecen empeñados en “acecharnos todavía”. En medio de casi una conjura global contra “la fantasía de la posibilidad”, que es el travestismo pero también la democracia, esta película se alza victoriosa, majestuosa, como un canto de disidencias y playas de cuerpos hermosos. Migrantes en busca de pan y amores. Como si, pese al dolor que encierra, desplegara las alas de una fiesta de pueblo, de un pueblo inmenso, para acoger a quienes aun estando en los márgenes también somos España. A lo Gómez Arcos.
Cuando cae el telón, después de casi tres horas en los que la belleza ha convivido con las heridas como en el mejor de los poemas, como si en esa cápsula de tiempo tan lorquiana no hubiéramos dejado de bailar un vals vienés, todos podemos sentir que somos inmensos, que en cada uno habitan multitudes y que, si fuéramos árboles, nos faltarían ramas para acoger todos los pájaros que nos hablan, muchos de ellos desde el pasado, como le susurraban a Virginia Woolf. Y es justamente esa obra de arte, la que se conjuga en plural y con versos que no siempre riman, la que hoy tenemos que seguir defendiendo. Mucho más ante la amenaza de que la nieve se tiña de rojo o simplemente acabe convertida en fango que impida abrir las puertas de los armarios. Por más que ellas - las hermanas liberadas, las madres que cosen, las emancipadas de cuplés y rosarios – hagan de su autonomía la llave con la que encerrar en el sótano a todos los monstruos.
Todo eso y mucho más está en esa película que es un como torrente y que en estos días está, felizmente, haciendo que cientos, miles de personas, se partan en dos al ser conscientes de todas esas historias de amor que siguen enterradas en la patria rojigualda sin violetas. Todo eso y, claro, un inmenso Guitarrica de la Fuente, con pestañas que hablan y huesos que lloran, que es sin duda el gran descubrimiento de una obra en la que los tiempos se funden, como si fuera obra de magia, para fervorosamente hablarnos del presente. Una historia que araña la tierra, esa que muchos se empeñan en dejar que se pudra, para ir más allá de los gusanos y las calaveras. Ese deseo de memoria encarnada que hace años Alberto Conejero, ese andaluz que siempre nos lleva a acantilados en los que elegir entre lanzarse al vacío o alzar el vuelo, transformó en hermosísima conversación que concilia que es “La piedra oscura”. El origen, no lo olvidemos, de esta escalada prodigiosa por los muslos de un San Sebastián en ruinas.
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