No seré yo quien discuta las virtudes cinematográficas de una película de esas que merecen verse en una pantalla enorme y con las mejores condiciones audiovisuales, algo que raramente sucede en los cines de Córdoba, aunque nunca me convenció Nolan, uno de esos genios creadores que son la mejor representación en sí mismos y en su trabajo de la importancia masculina. Bastaría con recordar su exitosa Oppenheimer, que hace un par de veranos compitió en feliz pulso comercial con Barbie, como ejemplo de relato androcentrado, tal vez el que durante siglos nuestra cultura no ha hecho sino recrear a partir de la mitología clásica y todas esas historias que fundaron una memoria hecha a imagen y semejanza de los dioses. En masculino. De ahí el fino pero férreo hilo que conecta los imaginarios reinantes con el poder creador al que todavía hoy, a duras penas, pretenden acceder las que ya no quieren limitarse a tejer y destejer esperando la vuelta del guerrero. Es evidente, pues que La Odisea era, por razones obvias, el mejor artefacto para que el director de Tenet dejara constancia de su fortaleza creativa, a través de una de esas películas en las que, en cada escena, el director parece querer demostrarnos que ha echado el resto para dejarle al mundo una obra inmortal.
Hubiera sido excesivo pedirle a Nolan una relectura posible de todos esos personajes femeninos que la cultura – androcéntrica – clásica situó en los paradigmas de la bruja, la “femme fatale”, la causante de las disputas masculinas, las sirenas que apenas intuimos entre la niebla, las sombras que persiguen a los guerreros en sus cuitas morales, las que cuidan heridas y ofrecen flores de loto o la fiel esposa que espera y para la que no parece haber otro destino que sustituir con otro rey al que no da señales de vida. Ellas, como es lógico en un mundo patriarcal, ni viajan ni se mueven, y las que se atreven a hacerlo, son condenadas a la hoguera o, en el mejor de los casos, a reinar en territorios aislados. En La Odisea, como en la mitología clásica, como también en las fábulas de las religiones monoteístas, los esquemas están claros y por eso, entiendo, funcionan tan bien para un cine que pretende ser comercial y, por tanto, no inquietar ni molestar al espectador, sobre todo al espectador. Y eso el director de Memento lo hace con pulcritud, de la mano, en este caso, de interpretaciones ajustadas de grandes actrices como Anne Hathaway, Samantha Morton o Charlize Theron, aunque en el caso de ésta última su Calipso bordea el ridículo de un anuncio de los limones del Caribe. Lo de Zendaya, diosa de la sabiduría y de la – imposible - guerra justa, no merece ni un párrafo: el que apenas cubren las palabras que pronuncia en toda la película.
Lo mejor que puedo decir de esta Odisea, que espero que no sea la definitiva ni “la más grande”, es que no me aburrió en sus prácticamente tres horas de metraje, aunque eché en falta en ella un punto de emoción que traspasara la pantalla y tocara mi corazoncito de hombre que ha perdido últimamente la fe en muchas cosas. Una cierta frialdad recorre el relato, alentada por la música un tanto repetitiva y metálica de Ludwig Göransson, y por unas interpretaciones que, aun siendo correctas, no alcanzan en ningún momento ese punto mágico del actor que salta de la pantalla y se sienta a tu lado. Matt Damon cumple con holgura, pero creo que es Robert Pattinson el que, sorprendentemente para mí, se luce más que ninguno, sobre todo frente un Tom Holland incapaz de dotar de alma a un Telémaco muy desdibujado. Ese al que vemos casi rozando el ridículo en un final más propio de una película de Disney.
Tal vez la frialdad de esta película no sea solo el resultado de las ansias de grandeza de su creador sino también de la imposibilidad, no sé si explícita o no, de asumir, con toda su potencia, que de si algo nos habla La Odisea es de cómo la pérdida de fe en el hogar, en uno mismo y en los demás es, hoy por hoy, el más radical origen de los monstruos y las violencias. Un círculo, supongo que vicioso, que de alguna manera constatamos en la acertada estructura temporal que sigue el relato en esta película y que nos permite habitar tiempos que se retroalimentan. En esa encrucijada, tan propia de estos tiempos disfóricos, en la que, como nos advierte la sabia Temelkuran, “desaparece la necesidad básica de la belleza”. Quizás sea ésta la lección que las obras clásicas no dejan de ofrecernos: la terrible batalla del ser humano, muy especialmente cuando lo masculino se torna universal, frente a su incapacidad para asumir la frágil interdependencia, esa que pareciera no acabamos de aprender después de tantos viajes en los que hemos llegado al destino gracias a los múltiples hogares que encontramos por el camino.
PUBLICADO EN EL BLOG Quién teme a Thelma y Louise, Cordópolis:
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