EN ESTE SIGLO de barbarie, de crisis y de incertidumbres que hacen que crezcan nuestros miedos y nos convirtamos en presa fácil de salvadores, necesitamos más que nunca ser conscientes, como mínimo ser conscientes, de quiénes lideran el mundo y de qué tipo de poder ejercen. En unos momentos en los que además no deja de cuestionarse el valor del feminismo y todo lo que conlleva de cuestionamiento crítico de un modelo hegemónico de masculinidad, es urgente que pongamos las luces largas y enfoquemos una realidad que nos atraviesa a todas y a todos. Una realidad que de manera dramática nos habla de las consecuencias injustas que genera entender el poder como un estatus que desprecia lo común y que engorda el ego de sujetos narcisistas, varones todos, que parecen estar participando en ese eterno duelo que implica para ellos demostrar ante el planeta quién la tiene más grande. Es un pulso de efectos difíciles de prever y que nos demuestra, para nuestra desgracia, cómo patriarcado y violencia continúan en pleno siglo XXI generando víctimas y llevándonos a la humanidad entera a una época que niega las luces de la razón y que contradice los principios que creímos conquistados en nombre de la democracia.
Dice el artículo primero de la Declaración de Derechos Humanos, aprobada por Naciones Unidas en 1948, que todos los seres humanos nacemos libres e iguales en dignidad, si bien esta sentencia debemos entenderla como un proyecto civilizatorio que todavía está por alcanzar. Pero es que, además, dicho artículo parte de dos premisas que parecieran haber sido olvidadas por esa “gerontocracia narcisista” que, en palabras del historiador Julián Casanova, es hoy la verdadera mano que mece la cuna. Se reconoce en él que todos los seres humanos estamos dotados de razón pero también de conciencia, y que debemos comportarnos fraternalmente los unos con los otros. Es precisamente la apelación a la conciencia, sobre la que hemos construido todo el edificio moderno de las libertades, la que hoy más que nunca debería llevarnos a asumir una ética basada en el reconocimiento del otro, en la solidaridad, en la responsabilidad con el bien común y en la gestión pacífica de los conflictos. Gracias a esa capacidad de resituarnos, interrogarnos y ubicarnos en un contexto relacional, somos unos seres vivos capaces de perseguir utopías y de imaginar mundos en los que ir superando discriminaciones, injusticias y violencias. Una posibilidad que siempre vendrá de la mano de los vínculos fraternales y, más aún, de esa sororidad que el feminismo nos enseña desde el reconocimiento de que lo personal es también político.
Nuestra razón, pero sobre todo nuestra conciencia, debería llevarnos al rechazo más radical de aquellos liderazgos y de aquellas prácticas políticas que lesionan la dignidad común, que recurren a la violencia sin someterse a las bridas del Derecho, que no muestran reparo alguno en demostrar que siempre gana el más fuerte y que la potencia tiene que ver con la virilidad omnipotente, con la negación de los vínculos y con los uniformes hechos a medida de quienes siempre se han creído los amos del mundo. Esos que, intereses económicos mediante, no dudan en conquistar, invadir y generar destrucción, en un alarde de ferocidad que pone en riesgo las conquistas que pensamos irreversibles. Un laberinto del que solo podremos empezar a salir si asumimos el compromiso político, personal y colectivo de plantarle cara a quienes actúan como depredadores. Esos tipos impresentables que, no olvidemos, alcanzan el poder y se mantienen en él, entre otras cosas porque hay muchos cómplices que les ríen las gracias o que, en el mejor de los casos, guardan un silencio cobarde. Y ya nos lo advirtió la sabia Audre Lorde: el silencio nunca nos protege, mucho menos a quienes estamos en condiciones precarias frente a los que ostentan la furia del poder. Una enseñanza que es el primer paso, por pequeño que nos parezca, para poner freno al desorden mundial que amenaza con robarnos abril y los meses por venir.
PUBLICADO EN EL NÚMERO DE ABRIL/MAYO DE LA REVISTA GQ ESPAÑA
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