Salvo cataclismo (bastante inesperado), Moreno Bonilla confirmará el próximo 17 de mayo su liderazgo en Andalucía. Con inteligencia, no solo ha sabido labrarse la imagen de tipo centrado y amable, sino que también ha logrado esquivar la mayoría de los dardos que han señalado las debilidades de su acción de gobierno. Ni siquiera la crisis de los cribados, que a su vez es la expresión más dramática del deterioro progresivo y alarmante del sistema andaluz de salud, o la descarada expansión de las universidades privadas en detrimento de la sostenibilidad de las públicas, parecen hacerle mella en una sonrisa que ha sabido pasear como nadie lo mismo para hacer la "levantá" de un paso de semana santa que para lucirse gallardo junto a su impecable señora en la Feria de Sevilla. Todo ello con el mismo aplomo, y aparente espontaneidad, con el que lo hemos visto emocionarse más de una vez en público por el accidente de Adamuz, lejos de la imagen de machote rígido que tanto le gusta a la derecha, aunque debo reconocer que dicha masculinidad es abrazada sin reparos por todos los colores políticos. Incluso no sería descartable que, tal y como ocurriera hace cuatro años, una parte del electorado decidiera darle el voto con tal de que revalidara su mayoría absoluta y así no tuviera que depender de Vox para formar gobierno.
Ante estas evidencias, que han ido rompiendo las inercias socialistas que durante décadas no tuvieron alternativa en mi tierra, como votante de izquierdas no dejo de preguntarme por la parte de responsabilidad que en este estado de cosas tienen los partidos que hace tiempo dejaron de ilusionarme. Unas preguntas que también me lanzo a mí mismo en cuanto ciudadano de un Sur que sigue prisionero con frecuencia del peso de la tradición y de un sol, cada vez más insoportable gracias a la crisis climática, que nos convierte en espacio idóneo para una economía de depredadores que no suelen tener en cuenta las necesidades de las vecinas y los vecinos. Unas políticas que, no lo olvidemos, nunca llegaron a ser subvertidas por unas socialistas en las que siempre pesó más el centro que la revolución. Para quienes nos resistimos a conformarnos con las dinámicas binarias y conflictuales de las redes, y para quienes seguimos empeñados en vindicar la centralidad de la conversación democrática, parece claro que si el PP revalida su mayoría absoluta en Andalucía es gracias, en gran medida, al vacío enorme, cada vez más ancho y profundo, que las izquierdas han dejado en una tierra que ahora parece domesticada por los estribillos de una derecha que promete orden y seguridad. Y ello no es solo consecuencia de la progresiva y cada vez más alarmante descomposición de un PSOE que carece de liderazgos y que ha ido comprobando cómo se diluían sus redes territoriales de poder e influencia, como tampoco de la eternas dificultades del resto de fuerzas progresistas para conciliar sus luchas por la emancipación, sino que es también el resultado de unas debilidades y carencias que me temo atraviesan a los partidos de izquierdas de todo el mundo.
En el caso concreto de Andalucía, e insisto, más allá de los problemas estructurales y orgánicos de los partidos que suelen hacer más visibles y contundentes cuando se pierde el poder, tengo la sensación de que las izquierdas hace tiempo que dejaron de hablarle a buena parte de la ciudadanía, que perdieron la conexión con la juventud y con quienes habitan en las zonas rurales, que fueron arrinconando la perspectiva de clase a favor de luchas identitarias y de paradigmas que no han sabido traducir en el lenguaje de las necesidades y el bienestar de la mayoría (y de las minorías). Entiendo que una parte importante de la ciudadanía, y muy especialmente los más jóvenes, esté harta de los reproches de una izquierda que se cree, que nos creemos, moralmente superior, de las lecciones sobre comportamientos personales y de ese tono, entre el de superioridad de quien se cree que sabe más que el resto y el propio del que iracundo entra en el juego perverso del adversario, con el que pareciera que estamos transmitiendo dogmas en vez de proyectos de liberación. En este sentido, es imposible que una política como María Jesús Montero alcance el nivel de liderazgo necesario, por más que podamos reconocer su capacidad de trabajo o incluso valorar sus propuestas, si no es capaz de situarse en un plano de horizontalidad en el que abandone, por momentos, ese tono de cabreo permanente que al menos a mí me hace desconectar de manera inmediata. De la misma manera que lo hago de otros tantos representantes que ubico en una izquierda que debería ir más allá de la timidez acomodaticia del PSOE, cuando me lanzan ideas sugerentes que, sin embargo, carecen de recursos humanos para sostenerlas en los despachos y en las organizaciones. Creo que la progresiva adhesión de los chicos más jóvenes a propuestas de extrema derecha tiene en parte que ver con esas lógicas con las que, lejos de proponerles narrativas alternativas, y de ofrecerles respuesta a cuestiones de índole socio-económica que hemos aparcado en nombre de luchas de reconocimiento, han insistido en apelar a su culpabilidad y a su ausencia de compromiso democrático. Un terreno de malestares múltiples que está siendo bien aprovechado por las opciones reaccionarias para ofrecerles no soluciones pero sí una ficción de comunidad en la que se sienten amparados.
Como decía hace unos días la filósofa Ana Carrasco Conde en Córdoba, la verdad solo puede averiguarse en comunidad. Y creo que ahí radica uno de los principales fallos de las izquierdas en este momento histórico, en que han perdido la capacidad de abrir espacios para la deliberación, para construir con y para las personas, ensimismados como están, como estamos, en elaborar discursos impecables desde el punto de vista teórico pero carentes, en muchos casos, de la fuerza emocional y de la potencia creativa que, insisto, solo pueden aflorar cuando cambiamos los púlpitos por la arena de lo colectivo. Ante esta carencia, el PP andaluz está sabiendo leer las claves de un siglo de miedos e incertidumbres, de inseguridades y hasta de "futurofobia", para ofrecer en consecuencia un relato sin sobresaltos, aupado a su vez por un clima reaccionario que parece devolvernos a la España confesional que la Constitución no desmanteló y engordado por los silencios de una izquierda que hace tiempo dejó de acudir a los lugares donde se cuece la vida. Ojalá la larga travesía del desierto que nos espera nos sirva para reflexionar, pero, sobre todo, para empezar a actuar con las palabras, las estrategias y los objetivos que sean capaces de romper con ese "optimismo cruel" en el que nos instala el sistema y la sonrisa de Moreno Bonilla.
Publicado en Diario Público, 30 de abril de 2026:
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