Esta pequeña gran película que consiguió este año, de manera sorprendente, el César a la mejor producción francesa del año, es un emocionante relato sobre, como dice la protagonista en una escena, "las Fátimas que cuidan las casas de las mujeres que trabajan". La protagonista es una argelina que se siente extranjera en Francia y que vive entre el peso de sus orígenes - su cultura, su lengua, su tradición - y la realidad completamente distinta en que han crecido sus hijas. Una de ellas lucha por ser médica, la otra es una adolescente que se rebela contra todo lo que su madre representa y con lo que ella no se siente identificada. A través de una narración sencilla, centrada en los rostros y en las palabras, nos resulta fácil descubrir cómo Fátima se siente fuera de lugar, cómo el no dominar la lengua del país que la acoge le impide relacionarse con normalidad, cómo por más que intenta integrarse continúa siendo vista como una extraña. No desde la equivalencia, sino desde la distancia, también moral, que implica la desigualdad.
En poco más de una hora, Fátima nos coloca frente a la realidad singular de las mujeres migrantes en Europa y nos muestra, sin grandes aspavientos ni dramatismos, cómo sufren una discriminación intersecccional que hace mucho más compleja su situación que la de sus compañeros varones. La película, además, refleja con exactitud dos factores que hacen especialmente dura la vida de estas mujeres. De una parte, el choque generacional que viven con unas hijas que han crecido en un contexto cultural que nada tiene que ver con el de las madres (en este sentido, me ha recordado mucho la más que interesante novela de Hajat el Hachmi, La hija extranjera). De otra, los ámbitos laborales que Occidente les reserva y que de alguna manera vienen a prorrogar el "contrato sexual" para permitir que las mujeres del "primer mundo" puedan desarrollarse en lo público. A través del día a día de Fátima comprobamos cómo ellas son las más vulnerables y perdidas, las que por un lado se sienten obligadas a mantener la tradición - las "guardianas de las costumbres" de las que hablaba Rousseau - y por otro han de ayudar a unas hijas que quieren desarrollarse personalmente lejos de velos y ataduras. En esa tensión mujeres como Fátima son las que más sufren y pierden, las que continúan peleando sin descanso, las que pese a todo, como vemos en la película, se esfuerzan por aprender, por ponerse a la altura que le demanda la sociedad de acogida. Fátima, como otras tantas, y como bien explicó Celia Amorós en una brillante metáfora, se ve obligada a ser al mismo tiempo pájaro y caracol.
Fátima nos vuelve a demostrar cómo el cine francés nos ofrece miradas plurales desde la pantalla y como es una cinematografía muy atenta a todo lo que bulle en una sociedad que, como bien demuestran los últimos acontecimientos, está fracasando en el proyecto de construir una democracia basada en la convivencia de los/as diferentes. El cine está necesitado de más Fátimas como protagonistas, como en el caso español lo fue la que encarnó Natalia de Molina en la durísima Techo y comedia. Frente a los heroísmos masculinos, están las valerosas mujeres que cada día, sin capa ni espada, luchan por hacerse visibles y por no continuar siendo las cenicientas del pacto. Las que no suelen ocupar portadas, ni estar siquiera en los estudios sesudos de la Academia, ni mucho menos tienen el valor social que sí que se empieza a otorgar a las mujeres occidentales que han asumido el rol de superwomen. La película termina con la esperanza de que la hija de Fátima logrará superar el cuento, aunque no sabemos si para al final convertirse en una pieza más del sistema que prorroga tantas injusticias. En todo caso, para Fátima, leer con dificultad el tablón en el que su hija aparece como aprobada, es el mayor regalo para tantos años de arrastrar la casa como si fuera un caracol y de volar sola, con muchos miedos, casi a ras del suelo.
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