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UNA JOVEN PROMETEDORA: La fuerza política de la ira de las mujeres

 En esta cuarta ola feminista

, que más que ola es un tsunami, hemos ido asistiendo a distintas fases de concienciación, compromiso y acción. Después del efecto global de campañas como la del #MeToo, de la progresiva conciencia social generada ante las violencias machistas y de la lenta pero no pausada ruptura de tantos silencios, tengo la sensación de que, sin que todavía estemos en condiciones de abandonar las fases previas, empezamos a detectar señales que nos indican que las mujeres dan un paso cualitativo hacia delante. Un paso que tiene que ver con el abandono del estatus de víctimas y de una cierta prudencia democrática que supone adaptarse a las reglas del juego y esperar de ellas soluciones. Un salto más bien en el que de jodidas supervivientes las empezamos a ver como lideresas de su propio destino. Del arco completo que va de su cerebro a los pies, pasando por la vagina y por el pecho. Algo que, me temo, inquieta e incluso atemoriza a tantos hombres acostumbrados a la dócil disponibilidad femenina y a que nadie les cuestionara su estatus dominante.

Una joven prometedora, que es de esas películas que indudablemente solo podría haber creado y dirigido una mujer, dada la carne propia que vemos en el asador que se convierte la pantalla, se inscribe en esa corriente de relatos audiovisuales que en los últimos años nos muestran no solo lo que los hombres no queremos mirar sino también a personajes femeninos que, siguiendo la genealogía de Thelma y Louise y algunas más, le plantan cara al mundo con pisada firme, con rabia y con potencia. Apropiándose incluso de esta emoción tan masculina que es la ira para resignificarla con un claro contenido político. La historia de Casandra, que es también la de su amiga Nina, al igual que la de otras muchas que podrían encajar en su colgante de corazón partío, lo que nos pone delante de nuestras narices no solo son los efectos que las violencias machistas – muy singularmente las sexuales – provocan en la integridad física y moral de las mujeres, incluso lo que implican de fractura en sus horizontes temporales, sino también cómo se articula, siglo tras siglo, hasta hoy, una tupida red de pactos, complicidades (también femeninas) y silencios que alimenta la subordiscriminación de la mitad. Todo ello, claro está, para “jolgorio” masculino y para sustento y regodeo de los púlpitos en que reinamos como intocables. Nosotros, los hombres. La fratría que sigue soñando con enfermeras sexis en las despedidas de soltero.

La primera película de Emerald Fennell tiene la gran virtud de mezclar géneros, estética pop y un cierto aire de cómic, lo cual, sobre todo al final de la cinta, tal vez derive en excesos que le restan valor a lo contado hasta entonces. La poderosa y frágil Cassie, esa mujer que, según el mito, enredaba a los hombres, acaba siendo una especie de Joker femenino, capaz de sacrificarse a sí misma con tal de vengarse. En este sentido, el personaje podría ser el contrapunto feminista de cualquier heroína diseñada por Tarantino y similares, e incluso la protagonista de esa parte de la historia que nunca nos cuentan cuando nos hablan del amor romántico, del sueño americano o de las falsas promesas de democracias basadas en la igualdad de oportunidades.

Una joven prometedora, en la que el rosa aparece insistente como ese chicle – azul – que se pega insoportable a la suela de los zapatos, es una historia llena de dolores y heridas. Las que arrastra Cassie en esa especie de tiempo detenido que vive ante la imposibilidad de superar lo que la dejó años atrás partida en dos. La niña mujer que sigue viviendo en la casa de sus padres que bien podría ser el castillo encantado de algún cuento gótico. Una mujer, interpretada por ese prodigio de fragilidad poderosa que es Carey Mulligan, a la que vemos haciéndose con todas las formas estereotipadas de la feminidad deseada por los hombres para cumplir, con precisión matemática, su venganza. Una fábula cargada de verdades que los hombres, muy especialmente los hombres, deberíamos ver muy atentos para descubrir cómo en cualquiera de nosotros habita parte de ese mal que durante siglos ha alimentado lo que ahora empezamos a descubrir en las calles y en las pantallas. La fuerza política de la ira de las mujeres.

Publicado en ESPACIO VIOLETA, de Clásicas y Modernas:

https://clasicasymodernas.org/una-joven-prometedora-la-fuerza-politica-de-la-ira-de-las-mujeres/



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