Cuando en estos días seguía las noticias sobre las denuncias presentadas contra Julio Iglesias y leía opiniones en todos los sentidos, incluidas aquellas que confirman que cualquier sistema de opresión necesita de la complicidad de los oprimidos (oprimidas en este caso), volvía a constatar la confusión que siempre que se visibiliza un caso de violencia machista nos lleva a análisis fallidos. Me refiero a que, con frecuencia, no sabemos distinguir las responsabilidades individuales de las colectivas. Es decir, de una parte estaría, en su caso, y una vez que con todas las garantías procesales se dicte sentencia, la responsabilidad penal del sujeto o de los sujetos con respecto a los cuales quede demostrado que han sido ejecutores de la violencia. De otra, estaría una responsabilidad mucho más amplia y colectiva que es la que nos obliga a tener en cuenta por qué y de qué manera esos comportamientos individuales forman parte de un sistema, de unas estructuras de poder y de una cultura que incluso llega a legitimarlos y a ampararlos. Con respecto a la primera de las responsabilidades, es evidente que no tiene sentido apelar a mensajes del tipo #yesallmen; con respecto a la segunda, la cosa cambia. Porque en el segundo de los sentidos sí que todas y todos, pero muy especialmente todos los hombres, somos piezas de un orden de género construido sobre jerarquías y mandatos que hoy por hoy, pese a todo lo que el feminismo y las feministas han conseguido erosionar, continúan en gran medida condicionando las subjetividades, nuestros marcos relacionales y, en definitiva, los pactos, explícitos e implícitos, mediante los cuales repartimos trabajos, responsabilidades y expectativas.
Si efectivamente las estructuras que podemos identificar con el patriarcado continúan vigentes, teniendo en cuenta además su impresionante capacidad de adaptación y su facilidad para mutar en formas múltiples de asimetría, y si la cultura machista no solo no ha sido erradicada sino que vive un momento reactivo en el que por muchos sectores se identifica con la transgresión, cuando escuchamos testimonios como los de las trabajadoras del cantante madrileño y los analizamos en el conjunto de una trayectoria, pública y privada, deberíamos situarnos en las claves de un análisis sistémico, sin el cual difícilmente vamos a avanzar en igualdad, por más que tengamos leyes y políticas públicas bienintencionadas. Ese foco complejo e incómodo supone sacar a la luz, entre otras cosas, el que Rita Segato denomina "mandato de dueñidad" en función del cual los varones hemos forjado tradicionalmente una identidad siempre precaria y que, además, es uno de los ejes que sostienen un modelo económico y amoral basado en lógicas depredadoras. En consecuencia, y cuando un caso como del Julio Iglesias sale del armario, lo importante no es solo que se investigue y se depuren responsabilidades, además de por supuesto de que se atienda y se le dé autoridad a las víctimas, sino que también debería ser una magnífica oportunidad para que muy especialmente nosotros, lejos de sentirnos agraviados y perseguidos, fuéramos capaces de ponernos delante del espejo y empezáramos a tomar conciencia de hasta qué punto reproducimos machismo y de qué manera somos partícipes, con frecuencia por inacción o complicidad con unas fratrías sin las que nos sentimos perdidos, con la continuidad de unas dinámicas de explotación y servidumbre que se nutren fundamentalmente del cuerpo y de las capacidades de las mujeres pero que también, en estrecha alianza con las selvas financieras, aprovecha cualquier ser vulnerable para sostener la hegemonía de esos que Martine Delvaux califica como boys clubs. Una tarea radicalmente democrática e inevitablemente incómoda que ha de llevarnos también a pensar en cómo lejos de desarmar la masculinidad la estamos convirtiendo en parámetro que sigue fundamentando no solo el poder en nuestras sociedades sino también la autoridad, el prestigio y el éxito. Además de, por supuesto, máscara esencial de unos liderazgos globales que reclaman virilidad y fortaleza como remedio frente a los miedos e incertidumbres, y que de forma nada sorprendente son avalados por mujeres que, no por el hecho de serlo, están al margen de las dinámicas misóginas.
Ojalá, pues, los cientos de horas y de páginas que está consumiendo el señor que también era truhan, de la misma manera que ha ocurrido en tiempos recientes con casos similares que afortunadamente están saliendo a la luz, nos ayuden a generar un consenso en torno a la urgencia de que los hombres abandonemos nuestros púlpitos y de que desde lo público, empezando por el sistema educativo, se actúe con los varones en general y con los jóvenes en particular para construir modelos alternativos, compromisos igualitarios y vías, personales y colectivas, que nos permitan, al fin, hacer efectiva eso que Susana Covas denomina "equivalencia existencial". Nos va la vida de las mujeres en ello pero también la salud de unas democracias que sin igualdad son un traje demasiado estrecho para toda la complejidad de lo humano.
Publicado en Diario Público, 22 de enero de 2026:
https://www.publico.es/opinion/columnas/julio-iglesias-ver.html

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