A estas alturas nadie debería dudar de que la violencia de género es un problema que tenemos nosotros, los hombres, y que sufren las mujeres. Con ello no quiero decir que todos los varones seamos unos maltratadores, sino que el origen de las múltiples violencias que sufren las mujeres se encuentra en las desigualdades de género y en una cultura, la machista, que sigue marcando todavía hoy lo que implica ser un hombre de verdad. Precisamente por ello, las leyes o las políticas públicas, aun siendo necesarias, son insuficientes para erradicar un problema que tiene que ver con las estructuras de poder sobre las que se asientan nuestras sociedades. Es decir, mientras que no superemos un pacto de convivencia que sigue amparando asimetrías entre nosotros y las mujeres, así como una subjetividad masculina socializada para el poder, el control y el dominio, mucho me temo que seguiremos sumando cifras a las que nos indican que estamos ante el problema más grave que sufre nuestra sociedad. Un drama que deriva de una masculinidad tóxica que se proyecta poderosa en lo público y en lo privado, en las relaciones afectivas y sexuales, en los grandes espacios de la política pero también en los más pequeños de la vida cotidiana.
Esta dimensión estructural de la violencia que, insisto, deriva de la desigualdad que alimenta el sistema sexo/género, supone también que la misma se proyecte en múltiples manifestaciones mediante las que ejercemos poder y control sobre las mujeres. Más allá de la que estrictamente nuestra legislación reconoce como violencia de género, existen otras muchas acciones masculinas que suponen el ejercicio de dominio sobre el cuerpo, la sexualidad o las capacidades de las mujeres. La suma de todas ellas consolida nuestra posición privilegiada y la subordinada de ellas. Es decir, mientras que nosotros, por el simple hecho de ser hombres, gozamos de una serie de dividendos, ellas continúan enfrentándose a obstáculos de toda índole que les impiden disfrutar plenamente de la ciudadanía. La división sexual del trabajo, la imposición de determinados roles y estereotipos, la carencia de poder y autoridad o, sin ir más lejos, el miedo que sienten al transitar por determinados espacios, nos demuestran que las democracias continúan teniendo un serio problema. El que supone que justamente la mitad de la ciudadanía siga careciendo de la autonomía necesaria para desarrollar libremente su personalidad. Esos obstáculos que hacen que las mujeres vivan una especie de ciudadanía devaluada se acrecientan justo ahora, en un momento en el que el neoliberalismo más salvaje y el patriarcado de siempre encuentran tantos territorios comunes. De ahí que la que ya algunas compañeras denominan cuarta ola feminista ponga el foco en todas esas situaciones en las que los hombres, a nivel global, ocupamos y explotamos el cuerpo de las mujeres. Como si se tratara de una mercancía más, al servicio, claro está, de nuestros deseos.
Urge pues que los hombres tomemos conciencia de este pacto desequilibrado y nos planteemos un doble reto. El primero consistiría en tomar conciencia de la posición privilegiada que nos otorga el patriarcado y empezar a desaprender todo lo que la cultura machista nos inculcó desde pequeños. El segundo, habría de llevarnos a perder el miedo a las vindicaciones feministas y asumir el compromiso de ser cómplices de ellas. Este proceso que, sin duda, ha de ser largo y complejo, implicaría que asumiéramos nuestra parte de responsabilidad en el mantenimiento de una cultura y de una forma de organización social que continúa legitimando prácticas que implican el uso instrumental de las mujeres o el ejercicio de nuestro poder sobre ellas. Ello habría de llevarnos irremediablemente a que cuando abordemos prácticas tan denigrantes como el acoso sexual, la violación o la prostitución, pongamos el foco en los sujetos activos y responsables de las mismas. Es decir, en unas masculinidades tóxicas que amparan y prorrogan un sistema de dominio que durante siglos ha sobrevivido sobre el presupuesto de que las mujeres son seres que existen para satisfacer nuestros deseos y necesidades. Esta construcción identitaria supone de por sí la mayor de las violencias machistas ya que niega la individualidad de la mitad y nos sitúa a nosotros en un pedestal desde el que tan fácil nos resulta cometer abusos.
Es hora pues de que los hombres abandonemos los silencios que hemos mantenido sobre nuestro dominio y sobre el paralelo sufrimiento de las mujeres. Deberíamos hacer un doble ejercicio consistente en callar más a menudo para que ellas tengan voz y, por el contrario, hablar cuando se trate de rebelarse contra las injusticias de género. Necesitamos escucharlas y aprender del feminismo: esa ética emancipadora que persigue que mujeres y hombres seamos al fin considerados equivalentes. Es una exigencia democrática y de justicia social. Porque, no lo olvidemos, son la dignidad y los derechos de las mujeres, además de en muchos casos sus vidas, los que siguen estando en juego.
Publicado en VOGUE, 25-11-2018:
https://www.vogue.es/living/articulos/feminismo-hombres-aliados-contra-violencia-genero/37861
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