El reloj de la vida te cambia
cuando te conviertes en padre. Y no solo
por que el tiempo empieza a enredarse entre las incertidumbres de una tarea
para la que no existe manual, sino porque ya no te queda más remedio que vivir
hacia el futuro. Tener un hijo o una hija es un ejercicio permanente de lucha contra la
melancolía. La paternidad nos instala en esa tensión inevitable que nos lleva a
temblar entre lo que veloz se va y la incertidumbre del mañana. Ese horizonte
en el que nosotros cada vez seremos más pequeños y nuestros descendientes más
y más grandes.
Mi hijo, a punto de cumplir los 18, acaba de terminar sus estudios de secundaria, después de más de una década en el mismo colegio, con los mismos compañeros y las mismas compañeras, tras años de rutinas y horarios repetidos. Como si curso tras curso hubiéramos empezado una nueva temporada de nuestra serie favorita, desde aquel día en que con apenas 4 años lo llevé por primera vez al autobús que cada mañana lo dejaría en el cole…
Mi hijo, a punto de cumplir los 18, acaba de terminar sus estudios de secundaria, después de más de una década en el mismo colegio, con los mismos compañeros y las mismas compañeras, tras años de rutinas y horarios repetidos. Como si curso tras curso hubiéramos empezado una nueva temporada de nuestra serie favorita, desde aquel día en que con apenas 4 años lo llevé por primera vez al autobús que cada mañana lo dejaría en el cole…