Una de las cosas que más me gustan de Córdoba es que es una ciudad, o al menos lo ha sido durante años, hecha a una altura humana, en la que siempre ha sido posible pasear y disfrutar del espacio público, en la que siempre he podido perderme literalmente por calles que suponían para mí un descubrimiento. Es decir, Córdoba siempre ha sido para mí un laberinto en el que mis pies me han llevado en volandas, sintiendo que las agujas del reloj se movían a un ritmo más cercano al de la vida y en el que las fronteras indecisas entre realidad y ficción apenas existían. Siempre he tenido pues, y aunque pueda parecer paradójico en una ciudad que con tanta frecuencia puede resultar claustrofóbica, una sensación de poder incluso volar unos cuantos centímetros por encima del suelo. Casi una experiencia espiritual que, en mi caso, nada tiene que ver con los olores a incienso y sotana.
Sin embargo, y no puedo evitar cierto dolor al contarlo, en los últimos años he empezado a sentir cómo esa magia i…
Cuaderno de bitácora de Octavio Salazar Benítez