La última película de Guillermo del Toro,
que parece destinada a ser la gran triunfadora de los Oscars y que parece haber
puesto de acuerdo a crític@s de cine tan dispares como Pilar Aguilar y Carlos
Boyero, a mí me parece un producto perfectamente fabricado para su disfrute en
la “era Trump” y para que el espectador lo contemple como un ejercicio de
limpieza de conciencias frente al mundo tan horrible que nos ha tocado vivir. En esa
línea creo que entronca perfectamente con esa cursilada llamada La la
la land y cuyo éxito apabullante todavía no he logrado entender. Es
decir, La forma del agua se dirige a las emociones más
superficiales, esas que no requieren un esfuerzo singular por parte del que las
recibe y que permiten salir relajados del cine, como quien se ha reconciliado
con una parte de su humanidad que creía olvidada y aunque luego, casi
inmediatamente, continuemos enrolados en este mundo cínico donde la único
pasaporte hacia el éxito parece ser el “sálvese quien pueda” o, co…
Cuaderno de bitácora de Octavio Salazar Benítez