Es tan poco habitual encontrar en la pantalla mujeres que lleven el timón del relato y que no sean meros personajes dependientes de los principales masculinos, que cuando uno se encuentra con una película como Doña Clara confirma qué mirada tan androcéntrica, y por lo tanto tan parcial, nos ofrece el cine en general. Que la protagonista absoluta de la historia sea una mujer jubilada, independiente, con vida propia y con una fuerza que ya quisiéramos para nosotros muchos hombres, es el principal aliciente de una imprescindible película brasileña que, además, nos ofrece de manera tierna, reposada, sin estridencias, una honda crítica del mundo que estamos construyendo a costa del que estamos reduciendo a escombros.
Acostumbrados a que las mujeres en el cine sean seres que solo viven para la pasión, que andan en muchos casos como “vacas sin cencerro”, arrastrando culpas e incapaces de sobreponerse a los fracasos amorosos, tan cautivas de los deseos y caprichos de los héroes masculinos, r…
Cuaderno de bitácora de Octavio Salazar Benítez