Paterson es una de esas películas que te reconcilian con el sentido último del cine como espacio creativo, como pantalla en la que discurren las emociones y las más recónditas dimensiones del ser humano. La última película de Jim Jarmusch es toda ella un poema que vamos viendo como crece a lo largo de una semana y en el que el tiempo discurre con la velocidad propia del creador. En ella no ocurren grandes cosas, sino que es simplemente la vida, nada más y nada menos que la vida cotidiana, la que pasa ante nuestra mirada. Todo en ella es pequeño pero tiene sin embargo la grandeza de lo auténtico: empezando por la ciudad y las gentes que en ella habitan y terminando por las habitaciones que comparte la pareja protagonista. Todo en ella huele a verdad, desde el despertar de los amantes al pastel de queso y coles, desde la niña poeta que ve cómo cae la lluvia a las conversaciones que escuchamos en el autobús, desde los amores rotos del bar a las pequeñas ilusiones de Laura. Por todo ello,…
Cuaderno de bitácora de Octavio Salazar Benítez