Una chaqueta de cuero negro y un flequillo rebelde. La cara llena de espinillas y una sonrisa burlona que no suele malgastar. Sus sueños sobre dos ruedas y una canción de Pablo López y Juanes en su móvil. Unos pies que no dejan de crecer y unos brazos que buscan mi abrazo. Complicidad al oído de niño que deja de serlo y de hombre que todavía no es. Empieza a llover tímidamente en las calles de Córdoba y juntos seguimos construyendo unas emociones para las que no encontramos nombre.
Ese adolescente de vientos furiosos y alma de verso camina por mis cuadernos con la soltura de quien lleva a mi lado décadas cuando solo lo está desde hace unos meses. Como si con su bicicleta fuera capaz de recorrer las cuestas de mi carácter y, pese al esfuerzo, le mereciera la pena esperarme al final del camino. Juntos, sin que nos haya costado nada, hemos empezado a rodar una película que no tiene título, esa que me imagino muchos no entenderán dada su limitada visión de los afectos. Y así, mientras q…
Ese adolescente de vientos furiosos y alma de verso camina por mis cuadernos con la soltura de quien lleva a mi lado décadas cuando solo lo está desde hace unos meses. Como si con su bicicleta fuera capaz de recorrer las cuestas de mi carácter y, pese al esfuerzo, le mereciera la pena esperarme al final del camino. Juntos, sin que nos haya costado nada, hemos empezado a rodar una película que no tiene título, esa que me imagino muchos no entenderán dada su limitada visión de los afectos. Y así, mientras q…