De todos los afectos que podemos llegar a sentir los seres humanos tal vez no haya uno más intenso, complejo y turbio incluso que el que se genera entre una madre y su hijo/a. Por más que los hombres que somos padres nos empeñemos en sentir con la misma intensidad ese vínculo, y por mucho que algunos hayamos superado las barreras de una masculinidad que condicionaba negativamente nuestro papel de progenitores, nada es comparable a esa fuerza única, brutal en ocasiones, desgarradora otras, luminosa casi siempre, que se genera entre una mujer y el ser que ha parido. Y no solo porque la naturaleza condicione su posición como ser reproductor, sino sobre todo porque la cultura la ha hecho y la hace responsable de cuidar a sus descendientes, de acompañarlos, de sentir como propios sus fracasos y sus éxitos, de vivir para ellos incluso negándose a sí misma. Por todo ello la maternidad acaba siendo no solo una cuestión personal, sino también política, radicalmente política, en cuanto que acab…
Cuaderno de bitácora de Octavio Salazar Benítez