DIARIO CÓRDOBA, 11-3-2013
La cocina de la abuela. Utensilios, olores, sonidos. El hambre saciada y los cuidados vertidos en una sopa, en una jarra de leche que sabe a plata, en el plato sin fondo de los sueños. Huele a vida pero también a muerte. La calavera irremediable y la ventana a la imposible. Vemos a la mujer que vuela, a la que se sabe tocada por lo divino, a la que entre cuatro paredes se siente única y no alcanza a entender las reglas de un mundo que ella no ha escrito. La sororidad que rebasa los siglos y que es como una cuerda que ata pero no asfixia. La piel oculta y los ojos intensos. La piedad. Paseo por la iglesia de la Magdalena y me atraviesa la mirada de Marina Abramovic. Intento comprender su éxtasis y su cocido, el paraíso que cubre con faldas negras, las huidizas fronteras entre lo carnal y lo espiritual. La miro y me miro. Y entonces percibo el fin último de un arte que, sin necesidad de pseudointelectuales que lo interpreten, y para desgracia de los que añoran…
La cocina de la abuela. Utensilios, olores, sonidos. El hambre saciada y los cuidados vertidos en una sopa, en una jarra de leche que sabe a plata, en el plato sin fondo de los sueños. Huele a vida pero también a muerte. La calavera irremediable y la ventana a la imposible. Vemos a la mujer que vuela, a la que se sabe tocada por lo divino, a la que entre cuatro paredes se siente única y no alcanza a entender las reglas de un mundo que ella no ha escrito. La sororidad que rebasa los siglos y que es como una cuerda que ata pero no asfixia. La piel oculta y los ojos intensos. La piedad. Paseo por la iglesia de la Magdalena y me atraviesa la mirada de Marina Abramovic. Intento comprender su éxtasis y su cocido, el paraíso que cubre con faldas negras, las huidizas fronteras entre lo carnal y lo espiritual. La miro y me miro. Y entonces percibo el fin último de un arte que, sin necesidad de pseudointelectuales que lo interpreten, y para desgracia de los que añoran…