El cielo de mis abuelas tuvo las dimensiones de un patio. Un rectángulo abierto y unas ventanas con visillos. Una firmaba con un dedo manchado de tinta, la otra apuntaba versos que los hombres no se atrevían a leer. Las dos hablaban un lenguaje que tenía el gusto auténtico de los posos del café, de la tierra húmeda de las macetas, del azúcar a veces imposible que endulzaba la cocina. A una le gustaba de pequeña subirse a los árboles, tal vez para mirar más amplio el horizonte que su condición de mujer le negaba. La otra era una mujer de largos silencios y palabras justas, curtida en las batallas de quien vive por y para los demás.
Cada ocho de marzo, cuando en todos los medios de comunicación, y mucho más este año, se habla de la desigualdad, de precariedad, de conquistas pero también aún de heridas, me gusta recordarlas. Así me rearmo en una militancia feminista que, como hombre, asumo con la convicción de que es imposible ser demócrata y no perseguir la perfecta igualdad de mujeres…
Cada ocho de marzo, cuando en todos los medios de comunicación, y mucho más este año, se habla de la desigualdad, de precariedad, de conquistas pero también aún de heridas, me gusta recordarlas. Así me rearmo en una militancia feminista que, como hombre, asumo con la convicción de que es imposible ser demócrata y no perseguir la perfecta igualdad de mujeres…