La ciudad está llena de secretos. De lugares semi-ocultos que a mí me gustaría que siguieran así, íntimos, recónditos, casi inaccesibles. Espacios en los que el tiempo se vuelve líquido y en los que la vida parece deslizarse con la belleza sinuosa de quién se sabe poseedor de las riendas.
La ciudad, a veces tan melancólica y puñetera, es como un mapa del tesoro en el que uno necesita seguir las huellas de piratas anteriores. O de niños que parecen escapados del País de Nunca Jamás. Sólo ellos son capaces de encontrar el sendero. Sólo de su mano es posible incluso en diciembre encontrar paredes blancas y árboles que huelen a primavera.
El paraíso habita en la ciudad. No en la oficial ni en la eterna candidata. Ni por supuesto en la que parece necesitar las bendiciones de la UNESCO para reconocerse. El paraíso reside en las calles por las que me gusta perderme, tras los portones de madera que hacen ruido de cuento al abrirse, en el rumor sureño del agua que apenas se oye. Tímida belleza …
La ciudad, a veces tan melancólica y puñetera, es como un mapa del tesoro en el que uno necesita seguir las huellas de piratas anteriores. O de niños que parecen escapados del País de Nunca Jamás. Sólo ellos son capaces de encontrar el sendero. Sólo de su mano es posible incluso en diciembre encontrar paredes blancas y árboles que huelen a primavera.
El paraíso habita en la ciudad. No en la oficial ni en la eterna candidata. Ni por supuesto en la que parece necesitar las bendiciones de la UNESCO para reconocerse. El paraíso reside en las calles por las que me gusta perderme, tras los portones de madera que hacen ruido de cuento al abrirse, en el rumor sureño del agua que apenas se oye. Tímida belleza …