DIARIO CÓRDOBA, 13-8-2012
Nunca me he dejado llevar por el entusiasmo cosmopolita, tan políticamente correcto y superficial, que provocan las Olimpiadas. Como nunca las banderas ni los himnos han hecho mella en mi corazón sin fronteras, tampoco he llegado a sentir el fervor patriótico que generan en muchos espectadores. No cabe duda de que el deporte, sumado a los vínculos nacionales, provoca unos sentimientos muy parecidos los religiosos, hasta el punto de llegar a la disolución del yo en una euforia tribal muy parecida a una anestesia. Estos efectos alcanzan su máxima dimensión en el fútbol, que es el deporte rey por sus dimensiones mediáticas y económicas, y disminuyen a medida que lo hace el impacto popular de la manifestación deportiva. De ahí que resulte hasta paradójico, y muy saludable, que en las Olimpiadas el fútbol pase prácticamente desapercibido y otros deportes, habitualmente ninguneados, ocupen portadas y rompan el monopolio del once. Pero en Londres, junto a esa reivi…
Nunca me he dejado llevar por el entusiasmo cosmopolita, tan políticamente correcto y superficial, que provocan las Olimpiadas. Como nunca las banderas ni los himnos han hecho mella en mi corazón sin fronteras, tampoco he llegado a sentir el fervor patriótico que generan en muchos espectadores. No cabe duda de que el deporte, sumado a los vínculos nacionales, provoca unos sentimientos muy parecidos los religiosos, hasta el punto de llegar a la disolución del yo en una euforia tribal muy parecida a una anestesia. Estos efectos alcanzan su máxima dimensión en el fútbol, que es el deporte rey por sus dimensiones mediáticas y económicas, y disminuyen a medida que lo hace el impacto popular de la manifestación deportiva. De ahí que resulte hasta paradójico, y muy saludable, que en las Olimpiadas el fútbol pase prácticamente desapercibido y otros deportes, habitualmente ninguneados, ocupen portadas y rompan el monopolio del once. Pero en Londres, junto a esa reivi…