La última película de Woody Allen no está entre sus obras maestras, pero sigue teniendo la frescura de un genio. Aunque a veces corre el riesgo de una cierta sensación de dejà vu, Allen vuelve a demostrarnos que es un mago contando historias, mostrando los lados más perversos e irónicos del ser humano, reflexionando sobre nuestra necesidad de amar. Hasta el peor de los actores y de las actrices - véase Penélope Cruz - con su dirección y sus guiones es capaz de sobreponerse a sus limitaciones, lo cual en esta película vuelve a demostrarse. Maravillosa Naomi Watts ( de la que hace unos meses disfrutábamos en "Madres e hijas"), pero sobre todo una tierna y divertida Gemma Jones que borda las mejores escenas de la película.
Cuaderno de bitácora de Octavio Salazar Benítez