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DUELE: AMOR, de Michael Haneke

Duele... duele... duele... Como grita Anne en varios momentos de la película, esta historia duele. Se te clava en el pecho como un puñal, lentamente, y te va dejando un agujero hondo, sin carne. La última película de Haneke, como suele ser habitual en su cine, te incomoda, te provoca lágrimas, te angustia y, al fin, te deja con el alma serena. Como quien  ha hecho la debida catarsis  y entiende que el cine es también un espejo que nos ayuda a vivir... y a morir incluso.

Porque AMOR es sobre todo una película sobre el morir como proceso, sobre el agotamiento de nuestra vida como seres autónomos y libres, sobre el dolor y la pérdida de dignidad. Y sobre cómo ese proceso se vive por una pareja de enamorados que nos demuestran que el amor, el verdadero, no el de las postales románticas, tiene mucho que ver con la valentía, con la ausencia de corazas, con el caminar lento pero sin pausa por lo que a veces son restos calientes de una hoguera. Por eso también el amor duele, exige pruebas rotundas, nos obliga a ponernos en la piel del otro y a ser empáticos. 

AMOR es una película muy sencilla en su narrativa, desnuda, sin aspavientos, con sólo el armazón necesario para conmover y removernos las tripas. Es un poema en prosa, lúcido, hiriente, purificador. Y lo es en gran medida gracias a la interpretación de dos grandes, Jean-Louis Trintignant y Emmanuelle Riva, que se merecen todos los premios. Porque logran no sólo que nos creamos sus personajes sino que sintamos sus heridas como propias y que entendamos, en fin, las últimas razones. 


Desde que he visto AMOR en una extraña sesión matinal, en este domingo frío y tan del Norte, ando medio perdido, desubicado, tratando de volver a encontrar mi eje. Pensando en si yo algún día viviré un amor así o si, por el contrario, mi búsqueda será en vano. Consciente de que llegado el momento me gustaría tener cerca a alguien con las manos tan dulces y cálidas como las que acarician el rostro de Anne e incluso en algún momento llegan a abofetearla.

Amor, dolor, vivir, morir. Y una huella ínfima en el piso, una paloma equivocada, flores por el colchón y un piano que seguirá tocando eterno.

Brutal Haneke. Necesario una vez más.

Comentarios

  1. Duele, rompe el alma y testifica el fin de todo lo que somos: seres humanos. Posiblemente, al maestro Haneke, no le interese Sudán ni el ese "World medical for Africa", ni la miseria latinoaméricana ni las barbaries asiáticas. No le hace falta; tiene estilo y clase. La misma clase que sale abochornada o estupefacta de sus films porque los burgueses también se van de posaderas en sus cuartos de baño y de la olla. La dignidad se mantiene, pero el músculo sea hace decrepito cuando la naturaleza impone su ley. Extraordinaria, necesaria y hermosa. Si tuviera que elegir la película de este año; lo tendría muy fácil. Por cierto, exquisito blog tanto en el diseño, como la selección de contenidos. No te hago invitación al mío ni paripés de si te sigo o tal. Me he hecho seguidor porque es una publicación con fundamento Un cordial saludo, Octavio.
    JC. Alonso

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  2. Es una película muy amarga y hermosa a la vez. No hay duda de que Haneke sabe sacar lo mejor de sus actores con su sobriedad de estilo. Es mi favorita de este año para el óscar de película no inglesa... aunque tampoco la veo muy apropiada para los óscars. Saludos. Borgo.

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  3. Gracias Miquel y J. C. Alonso por vuestros comentarios.
    Me encantaría conocer tu blog J. C. Alonso. Sin duda.
    Y sí, para mí ha sido, junto tal vez con DANS LA MAISON, una de las películas del año.
    Al final ganó el Oscar y debería haber ganado más premios, muchos más...
    Pero el mejor ya lo ha conseguido: que a tantos nos haya tocado las entrañas.

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